Capítulo 19
Mientras Christian seguía a Volkov por Estocolmo, Diana entregó el pasaporte a la empleada de SAS y cruzó la puerta justo cuando retiraban el letrero de embarque.
Durante el vuelo a Tallin, el asiento contiguo permaneció vacío.
Diana mantuvo la mirada fija en la cortina azul de la cabina delantera.
Una parte de ella seguía esperando que Christian apareciera en el último momento, con una nueva mentira en los labios y aquella expresión satisfecha de quien siempre consigue subir al avión cuando están a punto de cerrar la puerta.
No apareció.
El avión inició el descenso. Las luces de Tallin se extendían bajo las nubes como un puñado de brasas dispersas. Más allá solo había oscuridad. El avión tocó la pista de Ülemiste con un rebote y un rugido de turbinas. Bajo la peluca, el sudor frío le cubría la nuca.
Cuando se apagó la señal de abrocharse los cinturones, Diana se asomó al pasillo. La cortina se abrió. Christian no estaba. Tampoco Volkov.
Había cruzado dos países persiguiendo una sombra y acababa de aterrizar sola en Estonia.
Tras desembarcar, arrastró la maleta hasta los lavabos de la terminal, se encerró en un cubículo y se arrancó la peluca.
El aire frío le alivió el cuero cabelludo.
Se lavó la cara. Al salir, cambió parte del efectivo que llevaba en un mostrador de divisas y buscó una cabina junto a una columna de hormigón.
Introdujo unas monedas y marcó el número de Barcelona.
—¿Sí? —La voz de Roberto sonó adormilada. De fondo llegaban las risas enlatadas de un programa de medianoche.
—Hola. Soy yo.
—¡Diana! ¿Cómo estás? ¿Y tu abuela?
Ella apoyó la frente contra el cristal frío de la cabina.
—Está durmiendo. ¿Todo bien por ahí? Aquí está lloviendo a cántaros.
—Aquí hace una noche estupenda. Oye, he medido el salón. El sofá de tres plazas que vimos en el catálogo cabe perfectamente. Si quieres, vamos a encargarlo el sábado, cuando vuelvas.
Diana bajó la mirada hacia su vientre, oculto bajo el grueso abrigo. Sintió una náusea repentina y no supo si se debía al cansancio, al embarazo o a la mentira.
—Diana, ¿estás ahí? Se oye muy lejos.
—Hay eco en la línea. Ha sido un día muy largo.
—¿Estás bien?
—Sí, claro. Estoy bien. Solo necesito dormir.
Una segunda náusea le recordó lo contrario .
—Te echo de menos.
—El sábado miramos lo del sofá. Me parece perfecto.
—Descansa, anda. Llámame mañana.
La línea hizo clic. Al salir de la cabina, el silencio del aeropuerto se cerró sobre ella. Miró el panel de llegadas internacionales. El siguiente vuelo procedente de Estocolmo no aterrizaría hasta la mañana del día siguiente.
Aún tenía tiempo de dar media vuelta. Podía salir, buscar un vuelo de regreso a primera hora, medir aquel estúpido hueco para el sofá y fingir que Tallin nunca había existido.
Se levantó el cuello del abrigo y cruzó las puertas automáticas, adentrándose en la noche helada del Báltico.