Capítulo 18
La respuesta a esa pregunta llegó poco después. Tal y como le había ordenado McCabe, Christian bajó al vestíbulo y se camufló tras un periódico en uno de los sofás de la zona de lectura. Cuando Volkov salió del ascensor y abandonó el hotel a paso rápido, él esperó unos segundos antes de seguirlo.
Esperaba un buzón muerto, un intercambio de maletines o una emboscada en algún callejón. En cambio, el primer destino del exoficial de inteligencia ruso fue una pequeña tienda de juguetes tradicionales en una calle secundaria del centro.
Oculto tras el escaparate de la tienda de enfrente, observó cómo Volkov ignoraba los artículos caros de los estantes principales.
Caminó hasta el fondo y escogió un sencillo oso de peluche marrón, pequeño y barato.
Lo sostuvo entre ambas manos y lo apretó contra el pecho con una ternura desesperada.
Veinte minutos más tarde, Volkov bajó del tranvía en la isla de Djurgården y caminó directamente hacia el inmenso pulmón verde de la ciudad. Llevaba el pequeño peluche oculto en el bolsillo del abrigo.
A cincuenta metros de distancia, Christian examinó los alrededores en busca de matones o tiradores apostados en los tejados de los museos cercanos. Nada. Solo familias suecas, el viento frío de la tarde y hojas secas.
Volkov no entró en el parque de atracciones Gröna Lund. Se desvió hacia un camino perimetral y se detuvo bajo un gran roble.
Oculto tras la estructura de un quiosco de madera cerrado, Christian comprobó de nuevo que nadie los siguiera.
Nada. Estaba convencido de que se le escapaba algo.
Asomó la cabeza con cuidado. El ruso permanecía rígido, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo gris.
No parecía esperar a ningún contacto. Tenía la mirada clavada en un pequeño parque infantil.
Christian siguió la dirección de sus ojos.
Entre los columpios, un niño de unos ocho años caminaba despacio, arrastrando los pies sobre las hojas secas.
Llevaba una chaqueta roja y un gorro de lana calado hasta las cejas.
Estaba demasiado abrigado para aquella época del año y llevaba una mascarilla blanca de hospital que le cubría media cara.
El niño se acercó a una mujer joven sentada en un banco.
Ella cerró el libro, le ajustó la bufanda, le frotó los brazos para calentarlo y le dedicó una sonrisa maternal.
Volkov no se movió. No dio un paso al frente.
Su mano derecha seguía dentro del bolsillo, aferrada al muñeco de peluche que no se atrevía a entregarle.
Se mantuvo a cincuenta metros de distancia, inmóvil como una estatua, contemplando la escena con una intensidad que golpeó a Christian en el estómago.
El viento del Báltico sopló. El niño señaló un tobogán y dio un par de pasos torpes hacia él.
Fue entonces cuando la mujer levantó la vista. No fue un movimiento casual. Parecía impulsada por el instinto de quien se ha acostumbrado a vigilar constantemente los alrededores. Su mirada recorrió la línea de árboles y se detuvo de golpe en la figura gris bajo el roble.
Christian contuvo el aliento.
La mujer se quedó completamente quieta. Por un instante, todo pareció detenerse. Ella lo había reconocido. Sabía que estaba allí. Tragó saliva, agarró el libro y lo metió a la fuerza en el bolso.
Se levantó de un salto y caminó hacia el niño.
— Kilian, kom nu —dijo con voz tensa—. Se hace tarde. Vamos.
El niño tosió y señaló el tobogán, protestando débilmente. Ella lo agarró del brazo con firmeza, lo hizo girar y echó a andar hacia la avenida principal, casi arrastrándolo. En ningún momento volvió la vista atrás.
Volkov no hizo ademán alguno de detenerlos.
Aceptó el rechazo en silencio, apoyado contra la corteza del árbol, mientras observaba cómo la chaqueta roja se desvanecía entre la multitud y la creciente oscuridad de la noche.
El peluche seguía guardado en el bolsillo del abrigo.
Se le hundieron los hombros y se le encorvó la espalda.
Durante dos minutos interminables, el antiguo oficial del GRU fue solo un hombre aplastado por un peso invisible .
Oculto tras el quiosco, Christian sintió un nudo agrio en la garganta. Por primera vez, la palabra «traidor» no encajaba con el hombre al que seguía.
Volkov inspiró profundamente, enderezó los hombros y se dio la vuelta. Cuando retomó el camino hacia la parada del tranvía para dirigirse al puerto, la máscara militar había vuelto a su sitio.
Christian esperó diez segundos antes de abandonar su escondite y seguirlo. El viento le cortaba la cara.
McCabe le había ocultado el dato más importante de la biografía del ruso. Y, conociendo a su jefe, aquella omisión no era un error administrativo.