La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

Christian sintió el temblor que aún le recorría las piernas mientras esperaba su llave en el vestíbulo. La recepcionista, una mujer de expresión indescifrable, le deslizó una pesada llave de latón sobre el mostrador. Quinta planta.

Recorrió el pasillo con la tensión acumulada en los hombros.

Al entrar en su habitación, echó los dos cerrojos y tiró la maleta sobre la cama.

Fue directo a la ventana y descorrió la cortina apenas tres centímetros.

Abajo, la marquesina del hotel y la oscura hondonada de la plaza de Sergels torg ofrecían una imagen de aparente tranquilidad.

Ninguna señal del hombre de la cazadora de cuero.

Y, sin embargo, la sensación de estar expuesto no desaparecía.

Se pasó una mano por el rostro, empapado en sudor frío.

Todavía notaba la mirada escrutadora de Volkov cosida a la piel.

Se sentó en el borde de la cama, descolgó el teléfono y pidió a la operadora una línea internacional. Aguantó el zumbido hueco de la conexión durante veinte segundos.

La voz de McCabe llegó sin saludo.

—Dígame que tiene una explicación extraordinaria.

—Lo he seguido desde Arlanda hasta el centro. Está en el Scandic de Sergels torg. Sexta planta. Lo he visto entrar en la habitación 612.

—¿Por qué no llamó antes?

—Si me detenía para llamar desde una cabina en el aeropuerto, lo perdía. Volkov detectó que lo seguían y se desvió de la ruta prevista hacia Estonia. Yo he sido el único que no le ha perdido la pista.

La voz de McCabe no se alteró.

—He tenido que sacar de la cama a un supervisor de British Airways en Londres para inventar una urgencia médica que justifique que abandonara su puesto.

Supongo que, para colarse en el mismo hotel y confirmar el número de su habitación, se ha saltado la distancia de seguridad. ¿El objetivo lo ha visto?

Christian miró la pared de enfrente.

—Me ha visto en el vestíbulo. Y luego... nos hemos cruzado en el pasillo de su planta. Nos miramos directamente. Pero ya no llevaba la corbata ni las alas de la aerolínea. Para él solo soy un huésped desorientado. No cruzamos ni media palabra.

El silencio se prolongó. Christian podía imaginar a McCabe de pie junto a la ventana de Wapping, valorando en términos puramente matemáticos qué decisión tomar.

—Así que se ha plantado usted en el mismo hotel que el objetivo —dijo McCabe al fin—, ha dejado que le vea la cara dos veces en cuestión de minutos y espera que un exoficial ruso con formación técnica crea en las coincidencias.

—Si me detenía, lo perdía. Elegí seguirlo.

—Escúcheme con atención. A partir de ahora, deje de hacer cualquier cosa que no sea observar e informar.

No se acerque a su puerta. No improvise en recepción y, por amor de Dios, no improvise en el desayuno.

Baje al vestíbulo. Quiero saber si sale o si alguien pregunta por él.

Observe; no interrogue. Si pierde a Volkov, se acabó. No la misión. Usted.

La orden no admitía réplica.

—Entendido.

—Una última cosa. Si el ruso lo ha reconocido y, como usted dice, ha decidido no hacer nada al respecto..., la pregunta importante no es si usted lo ha engañado. La pregunta importante es por qué ha optado por no actuar.

La línea quedó muda.

Christian apartó el auricular y escuchó el tono muerto antes de colgar despacio.

Permaneció inmóvil en el borde de la cama, mirando el teléfono.

Se levantó, se acercó a la puerta de la habitación, comprobó la cadena de seguridad y echó el pasador.

Porque, desde que Volkov le sostuvo la mirada en aquel pasillo, Christian no había dejado de hacerse esa misma jodida pregunta.