Capítulo 16
El trayecto desde el aeropuerto de Arlanda hasta el centro de Estocolmo duró cuarenta minutos que a Christian le parecieron una eternidad.
El taxi de Volkov permaneció siempre uno o dos vehículos por delante.
Atravesaron los suburbios de hormigón, empapelados con carteles sobre el inminente referéndum de adhesión de Suecia a la Unión Europea, y se adentraron en el centro histórico.
Las fachadas decimonónicas, de tonos mostaza y terracota, parecían asediadas por un cielo bajo y aplastante que amenazaba nieve.
El taxi de Volkov se detuvo frente al Hotel Scandic Sergel Plaza.
Christian ordenó al suyo que frenara en la esquina anterior.
Pagó en efectivo y, antes de abrir la puerta, tomó una decisión.
Se quitó la corbata de British Airways de un tirón, la escondió en el bolsillo de la gabardina y se desabrochó el primer botón de la camisa.
Se arrancó también las pequeñas alas doradas de la solapa y se puso la cazadora de cuero que llevaba guardada en la maleta de viaje.
Dejó de ser un azafato; ahora era solo otro vikingo cansado.
Salió a la calle y atravesó la puerta giratoria tras su objetivo.
El vestíbulo del hotel era amplio, forrado de moqueta y madera de roble clara. Un suave murmullo de conversaciones en sueco y alemán llenaba el ambiente.
Bordeó la pared izquierda. Dejó su pequeña bolsa de vuelo en el suelo, junto a las escaleras de emergencia, retrocedió hacia un expositor situado a cinco metros de los ascensores, agarró un folleto sobre museos vikingos y fingió leer.
Volkov terminó de registrarse. Recogió una pesada llave de latón, asintió y se giró hacia los ascensores.
Christian contuvo el aliento.
El ascensor se retrasaba. Un par de ejecutivos alemanes esperaban junto al ruso, murmurando con frustración.
Christian oyó mencionar el número cuatro.
Se colocó de espaldas a ellos, ligeramente ladeado, sin atreverse a acortar la distancia.
Pero Volkov examinaba el vestíbulo con la eficiencia de un radar militar.
Y entonces, como si hubiera detectado una perturbación en el aire, giró el cuello lentamente.
Christian sintió aquella mirada como el roce de un cuchillo. Lo vio de reojo, pero no se movió. El ruso entrecerró apenas los ojos. Era la expresión de un hombre que intentaba recordar de qué caja había sacado una pieza del rompecabezas: «Te he visto antes».
Un pitido metálico rompió la tensión. Las puertas del ascensor se abrieron. Los alemanes entraron primero; después, Volkov.
Christian soltó el aire de golpe. Encerrarse en una cabina de dos por dos con un exoficial de inteligencia ruso era una temeridad. Levantó la vista hacia el indicador luminoso.
Planta uno. Dos. Tres. Cuatro. Los alemanes salieron allí. Cinco.
El indicador siguió subiendo.
Christian soltó el folleto vikingo, empujó la puerta cortafuegos y se metió en el hueco de las escaleras.
Subió los peldaños de dos en dos, tirando de la barandilla de hierro para impulsarse.
Al llegar a la cuarta planta, el pecho le ardía.
En la quinta, los muslos amenazaron con bloquearse, pero se obligó a acelerar.
Alcanzó el rellano de la sexta planta y se pegó a la pared, junto a la puerta que daba al pasillo.
Abrió la boca de par en par y se obligó a respirar sin hacer ruido.
Empujó la puerta y salió. Moqueta gruesa. Silencio absoluto. Obligó a sus piernas temblorosas a dar pasos cortos y regulares mientras intentaba recuperar el aliento.
Justo cuando dobló la esquina del pasillo principal, escuchó el sonido metálico de una llave al introducirse en una cerradura. Volkov estaba al fondo, abriendo la puerta de la habitación 612.
Christian no frenó ni amagó con esconderse. Sacó una mano del bolsillo, miró con fingido interés las placas de las puertas situadas a su derecha —602, 604— y siguió caminando.
El ligero roce de la gabardina delató su presencia. Volkov detuvo el movimiento de la muñeca. Ladeó la cabeza y miró por encima del hombro.
Christian no levantó la vista de inmediato. Contó un segundo, dos, y luego alzó la cabeza. Torció el gesto con la irritación propia de un huésped que se hubiera equivocado de ala.
Volkov lo observó durante un segundo interminable, con la mano inmóvil sobre la llave.
Christian apartó la vista y actuó como si el ruso formara parte del mobiliario. Después enfiló un pasillo transversal sin alterar el ritmo de sus pasos.
No escuchó nada. Solo el golpe seco de la puerta de la 612 al cerrarse a su espalda.
Cuando por fin dobló la esquina hacia la otra escalera de emergencia, las rodillas de Christian cedieron. Se deslizó por la pared de papel pintado hasta tocar el suelo, empapado de sudor frío.
Regresó a la planta baja, recuperó su bolsa de vuelo y se dirigió a recepción. Tenía que conseguir una habitación en la quinta planta, preferiblemente justo debajo de la de Volkov.
Christian conocía ya la posición de su objetivo.
Pero sabía que una regla básica de la contravigilancia acababa de saltar por los aires: en una ciudad de un millón de habitantes, cruzarse con alguien dos veces en cinco minutos no podía considerarse una coincidencia.
Y un exoficial del GRU nunca creía en las coincidencias.
El cazador y la presa acababan de intercambiar los papeles.