Capítulo 13
Tres horas antes, Diana había estado a punto de perder el rastro de Christian en Heathrow.
Lo vio bajar de un taxi frente al edificio de salidas, con el uniforme de British Airways bajo una gabardina azul marino y una maleta de tripulación a rastras. No miró a los lados ni aminoró el paso al cruzar las puertas automáticas.
No lo necesitaba. La gente le abría paso con la misma naturalidad con la que se apartaba de cualquiera que llevara uniforme y caminara con determinación.
Diana esperó a que las puertas volvieran a cerrarse. Pagó al taxista, se ajustó la peluca oscura de corte recto y entró en la terminal.
El tejido sintético le abrasaba el cuero cabelludo.
Había comprado la peluca esa mañana en una tienda de disfraces de Camden, junto con unas gafas de montura gruesa y un abrigo beige dos tallas más grande.
Al contemplarse en el espejo del establecimiento, apenas se había reconocido.
Esperaba que Christian tampoco lo hiciera.
Lo localizó junto a una hilera de mostradores reservados al personal. Hablaba con otras tres azafatas y un tripulante de cabello gris. Sonreía, gesticulaba y parecía escuchar una anécdota divertida. Cualquiera habría pensado que estaba a punto de comenzar una jornada normal.
Diana conocía aquella sonrisa. Era la que utilizaba cuando no quería que nadie reparara en aquello que observaba.
Se ocultó detrás de una pareja que discutía sobre el peso de sus maletas. Christian entregó una credencial, firmó una hoja y desapareció con el resto de la tripulación tras una puerta rotulada CREW REPORTING, el área de presentación de tripulaciones.
Diana se quedó inmóvil. No podía seguirlo. Alzó la vista hacia el panel de salidas. Durante los noventa minutos siguientes había vuelos de British Airways a París, Bruselas, Ámsterdam, Copenhague, Fráncfort, Oslo y Estocolmo.
Siete posibilidades.
Siete ciudades desde las que Christian podía continuar hacia el Báltico.
Metió la mano en el bolso y rozó el pósit con el nombre de Volkov. Aquel pedazo de papel era toda su investigación. No tenía ninguna fotografía, número de pasaporte ni fecha de nacimiento. Solo un nombre ruso y la certeza de que Christian sabía mucho más de lo que había admitido .
Podía acercarse al mostrador de información y preguntar por él.
También podía conseguir que avisaran a Christian de que una mujer española lo estaba buscando.
Descartado.
Caminó hasta la cafetería situada frente a la salida del área de personal y pidió un té que no pensaba beber. Eligió una mesa lateral desde la que podía vigilar la puerta sin quedar expuesta frente a ella.
Pasaron doce minutos. Después, veinte. El té dejó de humear.
Diana pensó en la consulta que había realizado en el sistema aduanero. Cada acceso quedaba asociado a su clave. Molina podía encontrarlo al revisar los registros. Un superior podía preguntar por qué había abierto una incidencia de Santander fuera del horario laboral.
Se obligó a detener aquella espiral de pensamientos. No podía controlar Barcelona desde Heathrow.
La puerta del área de personal se abrió.
Apareció primero el tripulante, con una carpeta azul bajo el brazo y varias hojas sujetas con una pinza. Detrás salieron las tres azafatas y Christian.
Diana levantó la taza y ocultó la mitad inferior del rostro.
El grupo se detuvo a menos de diez metros. Una de las mujeres dijo algo que hizo reír a Christian. El sobrecargo abrió la carpeta y señaló una línea del manifiesto.
Durante un segundo, la primera página quedó orientada hacia la cafetería. Diana solo alcanzó a distinguir tres letras impresas en negro:
ARN — STOCKHOLM .
El grupo echó a andar.
Diana dejó unas monedas sobre la mesa y se dirigió al mostrador de venta de billetes. Tuvo que contenerse para no correr.
La empleada de British Airways miró el reloj antes de atenderla.
—El vuelo a Estocolmo está a punto de cerrar la facturación.
—Necesito llegar hoy.
—El embarque comienza en menos de cuarenta minutos.
—Entonces aún no ha despegado.
La mujer no sonrió.
—Está completo.
Diana deslizó el pasaporte español sobre el mostrador.
—Póngame en la lista de espera.
—Hay dos personas delante.
—¿Hay alguna conexión de Estocolmo a Tallin esta noche?
La empleada tecleó en el ordenador. La pantalla verdosa iluminó su rostro.
—SAS. La conexión es ajustada: dispone de cuarenta y cinco minutos en Arlanda.
—Resérveme los dos trayectos.
—Acabo de decirle que el primer vuelo está completo.
Diana sacó del bolso el dinero que había retirado antes de abandonar Barcelona y contó sobre el mostrador el importe de la tarifa completa .
—La tarifa completa no le dará prioridad sobre los pasajeros que ya están en espera.
—Pero me dará un billete si alguno no aparece.
La empleada sostuvo su mirada. Después empezó a escribir.
Veinticinco minutos más tarde, Diana esperaba junto a la puerta de embarque con una tarjeta provisional entre los dedos.
A través del lateral acristalado de la pasarela alcanzaba a ver de perfil la puerta delantera del avión.
Christian estaba allí, recibiendo a los pasajeros.
Había dejado atrás la gabardina y vestía el uniforme completo: chaqueta azul oscuro, camisa blanca y corbata.
Recibía a los pasajeros con las manos cruzadas a la espalda y una sonrisa profesional.
Diana sintió que el plan se desmoronaba.
Para subir a aquel avión tendría que pasar a menos de un metro de él.