Capítulo 12
Christian se colocó junto a la mampara, con las manos cruzadas a la espalda y una sonrisa de servicio congelada en la cara.
Sabía distinguir al ejecutivo infiel por la manera en que escondía las bolsas de las tiendas libres de impuestos y al viajero asustado por el modo en que abría y cerraba las manos sin darse cuenta.
Pero su instinto más agudo era otro: leer a la gente en el instante en que cruzaba una puerta.
Los que aún podían volver atrás miraban una última vez por encima del hombro. Los que ya no tenían salida entraban de frente.
Vasili Petróvich Volkov no miró atrás.
Durante las dos horas de vuelo sobre el mar del Norte, Christian dejó que su compañera atendiera a Volkov mientras él lo vigilaba de reojo.
Ella le ofreció agua. El ruso la pidió con gas y hielo.
Mientras su compañera se la servía, Christian advirtió que tenía callos viejos en las yemas de los dedos y una cicatriz blanca en forma de media luna en la muñeca.
Eran manos acostumbradas a las herramientas y a las armas, no a los escritorios.
Pero la alarma no la disparó Volkov. La disparó el pasajero sentado en el 3D.
Era un hombre corpulento, con cazadora de cuero, que en dos horas no había pasado de la página cuatro del Financial Times . Al recoger los vasos vacíos, Christian vio que no leía: vigilaba a Volkov.
McCabe tenía razón. Había otros lobos en el redil.
Cuando el tren de aterrizaje golpeó la pista de Arlanda, el pulso de Christian se aceleró.
La parte fácil había terminado. Se apagó la señal de abrocharse los cinturones y los pasajeros comenzaron a abrir los compartimentos superiores.
Christian se colocó en la puerta L1. El frío sueco se coló por las juntas cuando giró la palanca y abrió la puerta.
—Buenas tardes. Que tenga un buen día —repitió, asintiendo mecánicamente.
Volkov salió en silencio, aferrando su maletín negro. Quince segundos después, el hombre de la cazadora cruzó la puerta y golpeó a Christian con el hombro sin pedir disculpas.
El tiempo empezó a correr. Tenía exactamente tres minutos antes de que el comandante saliera de la cabina.
Sacó la bolsa de vuelo del armario del personal y se puso la gabardina azul marino sobre el uniforme.
—Fiona —dijo, asomándose al pasillo—. Voy a comprobar la pasarela. Creo que el pasajero del asiento 1A se ha dejado una bolsa.
—No tardes —gruñó ella mientras cerraba compartimentos.
Christian asintió.
—Me reuniré con el grupo más tarde.
Cruzó la puerta y echó a andar por el túnel de cristal. No volvería, pero ya se inventaría una excusa.
A cuarenta metros, el hombre de la cazadora de cuero avanzaba entre la corriente de pasajeros. Más adelante, la figura gris de Volkov se dirigía hacia «Conexiones internacionales».
Ambos iban hacia los vuelos bálticos .
Christian se mantuvo a distancia, dejándose engullir por la multitud. Al final del pasillo, justo antes del control de pasaportes, había una sala para fumadores acristalada.
Volkov se desvió hacia allí, frenó en seco y fingió mirar el panel de vuelos.
El hombre del 3D dudó una fracción de segundo y dio dos pasos de más para no chocar con él. Volkov no se giró, pero sus ojos se clavaron en el reflejo del hombre sobre el cristal.
En vez de entrar en la sala para fumadores o continuar hacia la puerta de embarque del vuelo a Tallin, Volkov giró sobre sí mismo, cambió de pasillo y se metió en la riada de gente que bajaba hacia las cintas de recogida de equipajes y la salida de la terminal.
En medio de la confusión, el hombre de la cazadora se quedó clavado frente al control de conexiones, intentando dar media vuelta.
Christian, apostado junto a un quiosco, presenció la maniobra completa. Volkov acababa de romper el patrón. Había abandonado la ruta de conexión y se disponía a salir del aeropuerto.
Aceleró el paso y se fundió con un grupo de turistas. Lo siguió hasta las escaleras mecánicas, donde encontró una hilera de cabinas telefónicas amarillas de Televerket. Se detuvo. Metió la mano en el bolsillo y sus dedos rozaron la tarjeta de llamadas internacionales.
«Lo observará y me llamará», le había ordenado McCabe.
A veinte metros, las puertas correderas se abrieron y Volkov salió a la calle. Se subió el cuello del abrigo y caminó directamente hacia la parada de taxis, hasta difuminarse en la niebla helada.
Christian miró el auricular negro de la cabina y luego la calle. Si llamaba a Londres, lo perdería para siempre.
Apartó los dedos de la tarjeta telefónica. Se ajustó las solapas de la gabardina y cruzó las puertas automáticas hacia el aire helado de Estocolmo, solo y sin red.
Fiel a su propia regla, no miró ni una sola vez por encima del hombro.