Capítulo 11
A primera hora de la tarde, el despacho de McCabe olía a cera para muebles y lavanda. Christian entró sin pedir permiso, cruzó la alfombra persa y se dejó caer en la silla de cuero frente al escritorio.
Su jefe levantó la vista de unos documentos y lo escrutó de arriba abajo durante un par de segundos, deteniéndose en sus ojeras y su camisa arrugada.
No lo saludó ni le ofreció agua; se limitó a deslizar una carpeta de plástico azul sobre la mesa de caoba.
En la solapa asomaba el membrete de British Airways.
—¿Piensa convertir en costumbre eso de entrar sin llamar?
—Hace dos días me dijo que estaba fuera del tablero. Me mandó a casa a cobrar mi cheque y a lamerme las heridas. ¿Y ahora me tira a la cara un cuadrante de vuelo?
—Volará a Tallin vía Estocolmo. Volkov saldrá de Heathrow a las diecisiete y diez y, desde allí, enlazará con otro vuelo a Tallin.
Christian miró la carpeta sin tocarla.
—¿Y qué espera que haga? ¿Que le sirva ginebra con hielo en primera clase y cuente cuántas veces va al baño? Búsquese a otro azafato. Ya le hice de cartero en España.
McCabe se reclinó en el sillón y entrelazó los dedos.
—Mis agentes de campo estaban tomando posiciones para interceptarlo mañana en Tallin, pero Volkov ha cambiado de planes. Está desesperado. Ha adelantado el viaje y sale esta misma tarde.
—Me llamó «esclavo de mis remordimientos» —replicó Christian—. ¿Y ahora me manda solo detrás de un ingeniero militar ruso?
—De un antiguo oficial del GRU, la inteligencia militar soviética.
Volkov evaluaba y trasladaba tecnología militar; tras la caída de la Unión Soviética, convirtió aquellas rutas en un negocio.
Sigo pensando que es usted un riesgo emocional, pero no tengo tiempo para infiltrar a un operativo táctico en ese vuelo.
Usted ya tiene el uniforme, la acreditación y el pase de seguridad necesarios.
Su nombre figura en la lista de la tripulación de reserva.
Christian se quedó callado. El corazón le dio un vuelco. Era lo que deseaba y McCabe volvía a ponérselo en bandeja.
—El incidente de Santander dejó a Volkov al descubierto —explicó su jefe—. Sus socios corruptos ya saben que cometió un error con el camión de España y dejó un rastro financiero. Está quemado. Si se queda en Londres, lo matarán por traidor. Por eso ha adelantado el viaje.
Christian frunció el ceño.
—¿Huye hacia Tallin? ¿Hacia territorio de la antigua Unión Soviética? Es el peor sitio del mundo para esconderse de los rusos. Además, creía que el camión con las armas estaba de camino a África.
—Aquel camión ya es historia, Vinther. Volkov no va a Tallin a esconderse.
Va a comprar su inmunidad. En el puerto lo espera su cargamento principal: un último camión frigorífico cargado de tecnología militar y el Registro Báltico.
Su plan es embarcarlo todo en el primer ferri que zarpe y cruzar el mar hasta Suecia.
Una vez allí, piensa entregar el arsenal y el registro de las rutas y los intermediarios al Gobierno sueco a cambio de asilo político y protección frente al Kremlin.
—Así que mi trabajo es volver al tablero y darle el nombre del ferri. Luego su equipo intercepta a Volkov en suelo sueco. ¿Por qué no dejar simplemente que los suecos lo detengan en la aduana y se queden con el cargamento? Al fin y al cabo, estamos todos en el mismo bando, ¿no? Desarmar a Rusia.
McCabe lo miró con la condescendencia reservada para los niños pequeños.
—En este trabajo no existe el «mismo bando», Vinther.
Si Volkov pide asilo y entrega el Registro, el documento entrará en la maquinaria judicial sueca y acabará en la prensa.
Moscú sabrá qué gobiernos sobornaron a sus militares para vaciar los arsenales y lo considerará un acto de guerra.
Tenemos que confiscarlo antes. Para eso existe Equilibrium: hacemos el trabajo que los gobiernos no pueden reconocer.
McCabe se inclinó sobre la mesa y apoyó las manos en ella.
—Ese maldito Registro no puede llegar a manos de un juez sueco.
El GCHQ, el servicio británico de inteligencia de señales, ha detectado una actividad inusual en Moscú y los sicarios del Kremlin ya le pisan los talones.
Hay que interceptar a Volkov antes de que lo maten y antes de que hable con la policía fronteriza sueca.
Usted es el único activo que puede subirse hoy a ese avión sin hacer saltar ninguna alarma.
Su objetivo es seguir al ruso e identificar el ferri en el que embarque el camión. Del Registro me encargo yo.
Christian cerró la mano alrededor de la carpeta.
—Ha dicho que los sicarios del Kremlin lo están buscando. ¿Son los únicos?
—Equilibrium no es una sola mano, Vinther. Es un acuerdo entre departamentos que no siempre comparten el mismo concepto del orden. Londres quiere recuperar el Registro intacto. Otros considerarían más seguro esterilizar la ruta completa.
—¿Esterilizar?
—Volkov. Sus colaboradores. Los testigos. Cualquiera capaz de reconstruir el corredor.
—¿Su propia gente competirá por llegar primero?
—No todos los que trabajan para Equilibrium son de los míos. Recuerde esa diferencia. Podría salvarle la vida.
Él asintió despacio y agarró por fin la carpeta .
—Le doy el nombre del barco, ustedes interceptan la carga en Suecia y yo me lavo las manos.
McCabe dejó un buscapersonas sobre la carpeta.
—Exacto. Este buscapersonas lo mantendrá en contacto conmigo. Me da el nombre y se va directamente a su hotel a dormir. ¿Queda claro?
—Claro como el agua —dijo mientras se guardaba el dispositivo en el bolsillo.
McCabe se quedó mirándolo un segundo más.
—Se le ve cansado, Christian.
Él se puso en pie, aferrando la carpeta con el manifiesto de vuelo.
—Justo lo que usted necesita hoy, ¿verdad, jefe?
No esperó respuesta. Tenía dos horas para llegar a Heathrow y volar de cabeza al avispero.