La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

«A este paso, vas a tener que hacer la mudanza tú sola», le había dicho Molina, su compañero de trabajo.

Roberto.

Cerró los ojos y se apretó el puente de la nariz con dos dedos.

Él representaba la estabilidad aritmética, una vida anestesiada en la que los monstruos no existían.

Sin embargo, las dos rayas rojas de aquel test de farmacia le habían provocado un pánico animal.

La perspectiva de una vida normal la aterraba mucho más que cualquier bala .

Escuchó tres tonos largos.

— Hello ?

—Nanny, soy yo.

—Cielo. Qué sorpresa. ¿Cómo estás?

—Necesito tu ayuda. Vuelo a Londres por un asunto laboral, pero Roberto no puede saber nada. Le he contado que después cogeré un tren a Cardiff porque has sufrido una mala caída y estás inmovilizada. Si te llama, dile que estás en la cama, medicada y que no puedes hablar mucho.

Al otro lado del Canal de la Mancha se hizo un silencio repentino.

—Cielo santo, Diana. Mis piernas están perfectamente. ¿Qué demonios está pasando?

—Te lo estoy diciendo. Es un asunto laboral. Estaré fuera unos días y necesito que me cubras.

—Cariño, me estás preocupando. ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo entre tú y Roberto?

—Está todo bien, abuela, de verdad. Entre nosotros está todo bien. No te preocupes.

—Conozco esa voz, love . Estás aterrorizada.

—¡Nanny, por favor! Coge un bolígrafo y anota una dirección. Voy a perder el vuelo.

Se hizo un breve silencio .

—Está bien. Te escucho.

Diana dictó una dirección del barrio londinense de Camden Town y el nombre de Christian Vinther. No explicó quién era.

—Presta atención. Si llega el miércoles y no te he llamado..., llama a Roberto y dale la dirección. ¿Me oyes? Solo en ese caso.

—Diana, me estás asustando de verdad.

—Promételo.

—No quiero prometer algo así. Vuelve a casa.

—¡Promételo, Nanny!

La respiración de la anciana tembló al otro lado de la línea.

—Te lo prometo. Ten cuidado.

El nudo de su garganta se apretó.

—Te quiero, Nanny.

—Y yo a ti más.

Diana colgó antes de que se le quebrara la voz. La máquina escupió la tarjeta y ella se la guardó en el bolsillo de los vaqueros. Empujó la puerta de la cabina y regresó al Panda.

El interior era un horno, pero un sudor frío le resbalaba por la nuca hasta la base de la columna.

Metió la llave en el contacto. Si quería demostrar que aún era capaz de trabajar sobre el terreno, no podía limitarse a dar un soplo.

Necesitaba que Christian la condujera hasta el corazón de la operación.

Mientras enfilaba la Gran Vía rumbo al aeropuerto de El Prat, sintió por primera vez en dos años que volvía a tomar el volante de su propia vida, aunque no tuviera ni idea de adónde la llevaría.