La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

Se sentó en el borde del colchón. La ira hacia McCabe se había evaporado, consumida por el desgaste físico.

Se levantó despacio y entró en el baño diminuto, estrecho y funcional como el de un avión comercial.

Evitó mirarse en el espejo situado sobre el lavabo mientras se echaba agua fría en la cara; los azulejos blancos y envejecidos reflejaban una luz demasiado cruda.

— Klinik for Psykiatri, Odense —respondió una mujer en danés.

Christian abrió la boca, pero el aire no pasó de su garganta. «Soy Christian Vinther». Eran solo tres palabras. Solo tenía que pronunciarlas, pedir que llevaran el auricular a la habitación donde su madre se pudría en vida y confesar que su padre tenía razón. Que era un fracasado.

— Hallo? —insistió la enfermera al otro lado—. Klinik for Psykiatri.

Bajó el auricular despacio y cortó la comunicación, devolviendo a su madre a la oscuridad y al silencio. Se quedó apoyado contra la pared, con los músculos en tensión, escuchando el ruido lejano de las furgonetas que descargaban en el mercado de Camden. Ni siquiera servía para pedir perdón.

Entonces, un timbre agudo y sostenido hizo añicos el silencio del apartamento.

Christian dio un respingo. Acababa de dejar libre la línea. Se acercó y volvió a descolgar el auricular.

—Vinther. Llevo media hora intentando localizarlo. Empezaba a preguntarme si seguía vivo.

Christian tensó la mandíbula al oír la voz de McCabe.

—No estaba operativo. Salí a caminar temprano para despejarme y...

—Ahórrese la ficción. Lo conozco demasiado bien. Sé perfectamente cómo lidia usted con un ego magullado.

—Oiga, si me llama para...

—Se emborracha en el rincón más oscuro del Soho y se mete en cualquier cama anónima para purgar sus frustraciones antes del amanecer. No intente ofenderme con sus mentiras.

—¿Qué quiere, McCabe?

—Lo que haga con sus vicios privados no me importa. Pero no dé por cerrado el asunto. Manténgase localizable durante el fin de semana y preséntese en mi oficina el lunes a las doce de la tarde.

La línea quedó muerta.

Christian bajó el auricular despacio hasta dejarlo sobre la base. La partida quizá no había terminado.