Capítulo 8
Diana cerró la cremallera del neceser y lo guardó en el bolso de viaje. Dentro descansaba el test de embarazo con sus dos implacables líneas rojas.
Al fondo del armario abierto, medio ocultas tras la ropa de oficina, asomaban sus viejas botas operativas de la Guardia Civil.
Roberto le había sugerido tirarlas la semana anterior, mientras empaquetaban.
«Al piso nuevo llevaremos solo cosas nuestras», le había dicho, abrazándola por detrás.
Diana se había limitado a cambiar de tema.
Tocó la tela áspera de la maleta. En el bolsillo de su chaqueta de cuero, otro pósit amarillo con el nombre de Volkov le quemaba la cadera. Lo había escrito de nuevo al llegar a casa.
Seis toneladas de acero habían atravesado una aduana española bajo una declaración falsa.
Alguien había movilizado dinero desde Londres en doce minutos para impedir que abrieran el camión.
Christian pensaba llevarse el nombre y desaparecer sin contarle quién controlaba la carga ni adónde se dirigía.
Diana podía quedarse. Podía cerrar el bolso, ir a firmar el contrato del piso y confiar en que un hombre que acababa de mentirle se ocupara de la verdad. Pero, si aquel cargamento terminaba matando a alguien, ninguna vida segura conseguiría convertir su silencio en inocencia.
Roberto no era un obstáculo. Era la única razón verdadera para quedarse. Precisamente por eso resultaba tan difícil mirarlo a los ojos y admitir que, antes de construir una vida con él, necesitaba decidir qué clase de mujer quería ser.
Desde el pasillo llegó el borboteo de la cafetera italiana. Segundos después, Roberto apareció en el umbral del dormitorio, secándose con una toalla el pelo oscuro todavía mojado. Alto y delgado, llevaba una camiseta blanca y unos pantalones de pijama.
Se detuvo en seco al ver el equipaje sobre la colcha. Se le borró la sonrisa.
—¿Y eso?
—Tengo que irme a Gales —dijo mientras continuaba guardando sus cosas sin levantar la mirada—. Me han llamado esta madrugada. Nanny ha tenido una mala caída por las escaleras.
—Caramba, Diana... —Roberto tiró la toalla sobre una silla—. ¿Está bien? ¿Qué dicen los médicos? Voy a hacer mi maleta ahora mismo.
—No —atajó ella de inmediato—. No hace falta. Tiene una pequeña fractura de pelvis. Está postrada en la cama, medicada hasta las cejas. Alguien tiene que ir a cuidarla. Te necesito aquí.
—Pero...
—Solo serán unos días, hasta que le asignen una enfermera a domicilio. Tú tienes que firmar el contrato del piso nuevo esta tarde con la inmobiliaria.
—¿Y en la aduana?
—He pedido asuntos propios.
Roberto se apoyó en el marco de la puerta y cruzó los brazos.
—Pues vaya... Llevas distante desde ayer por la tarde. Supongo que ya sospechabas que algo no iba bien.
Diana se encogió de hombros, sosteniéndole la mirada. Roberto acortó la distancia, la envolvió entre sus brazos y apoyó la barbilla sobre su pelo. Ella cerró los ojos. Un nudo de culpa le bloqueó la respiración.
—Abrígate bien —susurró él contra su frente—. En el Reino Unido siempre llueve y tú eres especialista en coger frío. Te acerco ahora mismo a El Prat y luego me voy al estudio.
El pánico le arañó la garganta. Si Roberto la acompañaba, el peso de la mentira terminaría por quebrarla antes de pasar el control de pasaportes.
—No hace falta. Dejaré el coche en el aparcamiento del aeropuerto.
—Diana, los aparcamientos de larga estancia cuestan una fortuna. Te llevo y te despido en la puerta; no me cuesta nada.
—Tengo que pasar primero por la Zona Franca a entregar unas llaves a mi relevo y presentar la solicitud de ausencia —mintió—. Sería un desvío inútil para ti y llegarías tarde a tu reunión.
Él se separó un poco y la observó en silencio, como si sopesara la excusa. Finalmente, suspiró.
—Está bien. Como prefieras. Pero llámame en cuanto llegues.
—Lo haré.
Aquel era el momento.
Diana metió la mano en el bolso y rozó el papel de seda que envolvía el test.
—Roberto, yo...
Él esperó.
No sonó el teléfono. Nadie llamó a la puerta.
No apareció ninguna emergencia que pudiera rescatarla de aquellas dos palabras.
Diana observó al hombre que tenía delante.
Las llaves del piso nuevo asomaban por el bolsillo de su chaqueta.
Sobre la cómoda descansaban las muestras de tela que había llevado para el sofá.
Si le enseñaba el test, Roberto no intentaría detenerla por la fuerza.
Haría algo mucho peor: le pediría que se quedara con toda la ternura y la lógica del mundo.
Se ofrecería a acompañarla. Reorganizaría su vida alrededor de ella antes de que Diana hubiera decidido qué quería hacer con la suya.
Y una parte de ella, la parte cansada y asustada, aceptaría.
Sacó la mano vacía del bolso.
—Cuando vuelva, tenemos que sentarnos a hablar —dijo—. En serio. De ese piso nuevo y de nosotros. De todo.
El rostro de Roberto se tensó. La palabra «nosotros» quedó suspendida en el aire. No sonrió. Ya no había rastro del arquitecto ilusionado; solo quedaba un hombre inteligente que se daba cuenta de que la mujer que tenía enfrente se estaba despidiendo de algo más que de un fin de semana en Gales.
—Te tomo la palabra —respondió él, asintiendo despacio—. Cuídate, Diana.
Ella dejó la taza intacta sobre la cómoda del dormitorio. Se dio la vuelta, cruzó el pasillo y cerró la puerta de la calle sin mirar atrás.
Si seguía el rastro de Christian y conseguía documentar aquella red antes de entregar las pruebas a las unidades centrales de investigación, demostraría que seguía siendo capaz de trabajar sobre el terreno. Después podría pedir el traslado fuera de la Zona Franca.