Capítulo 7
Christian salió del edificio de Ashcroft la necesidad, no.
El hombre le sostuvo la mirada con una fijeza depredadora y, tras un par de segundos, hizo un leve gesto con la cabeza hacia la salida. Christian dejó el vaso a medio terminar sobre la barra.
Caminaron en silencio bajo la llovizna hasta un estrecho bloque de viviendas situado a un par de calles.
Subieron tres tramos de escaleras mal iluminadas que olían a humedad y a comida recalentada.
Ninguno de los dos preguntó el nombre del otro.
Los nombres implicaban historias y Christian estaba allí precisamente para vaciar la suya.
Nada más cerrarse la puerta del piso, el hombre lo empujó contra la pared del pasillo.
El golpe le sacó el aire de los pulmones, pero Christian no se apartó.
Al contrario, se lanzó hacia él con una urgencia violenta.
Se aferró a la nuca del desconocido y respondió al beso con una agresividad que sorprendió a ambos.
Sabía a tabaco rubio y a soledad. La mano del hombre se deslizó bajo su camisa.
Los dedos recorrieron la vieja línea blanca del hombro izquierdo y, después, la cicatriz más fina que le cruzaba el costado.
Sintió una punzada cuando el desconocido presionó la cicatriz.
En lugar de apartarse, lo atrajo con más fuerza.
No llegaron al dormitorio. Cayeron sobre un sofá estrecho en el cuarto de estar, arrancándose la ropa con torpeza.
Para Christian no había deseo real en aquel encuentro, sino una necesidad desesperada de fricción, peso y contacto físico que aplastara la humillación que McCabe le había inyectado en las venas.
El sexo fue rápido, áspero y mudo. Una colisión de cuerpos en busca de un desahogo de emergencia.
Christian cerró los ojos y se dejó llevar por el ritmo mecánico, sirviéndose de las manos del otro hombre, su respiración agitada y el dolor sordo contra los cojines para silenciar su propia cabeza.
Durante unos minutos de asfixia voluntaria, no fue el chico de los recados.
No fue el peón descartado. Solo fue carne, instinto y sudor en un apartamento anónimo del centro de Londres.
Pero la anestesia se desvaneció en cuanto terminó el encuentro.
El hombre se dejó caer a un lado, respirando con pesadez, y alcanzó un paquete de cigarrillos que descansaba sobre la mesa baja. La luz naranja de una farola entraba por la ventana sin cortinas e iluminaba el polvo en suspensión.
—¿Quieres uno? —ofreció el desconocido mientras encendía el mechero. Su voz, ronca y con un marcado acento del norte, rompió el espejismo.
Christian miró el techo descascarillado. El vacío regresó, más frío y pesado que antes. Había alterado la vida tranquila de Diana por un ascenso que no existía. Y revolcarse en aquel sofá mugriento no iba a cambiarlo.
—No. Tengo que irme.
Se levantó y recogió la ropa del suelo. Se vistió metódicamente, abrochándose los botones de la camisa con dedos rígidos mientras reconstruía el muro de hielo que utilizaba para sobrevivir.
El desconocido lo observó en silencio, acostumbrado a los fantasmas que desaparecían antes del amanecer. No hizo preguntas.
Cuando Christian volvió a salir a las calles del Soho, la lluvia había cesado y el asfalto brillaba como un espejo negro. Caminó con las manos hundidas en los bolsillos de la cazadora. El agotamiento físico le lastraba los músculos, pero la mente seguía ardiendo.
No supo cuánto tiempo vagó antes de encontrar un taxi libre. Se dejó caer en el asiento trasero como si el coche fuera una balsa a la deriva.
—Camden Town —murmuró.
Durante el trayecto de vuelta no contó semáforos.
Se limitó a apoyar la frente en el cristal frío de la ventanilla.
Cuando el taxi lo dejó frente a la puerta de su casa, el impulso de inclinarse sobre la acera y vaciar el estómago fue tan intenso que tuvo que cerrar los ojos. Contó hasta diez y aguantó.
Subió las escaleras arrastrando los pies sobre la alfombra burdeos gastada. Apoyó la mano en la pared color crema, esquivando las manchas oscuras que habían dejado otros vecinos, hasta llegar a su puerta. Era la única de la planta que no tenía felpudo de bienvenida.
Dentro, el piso estaba sumido en el silencio.
Se quitó la cazadora en el estrecho recibidor y avanzó hacia la estancia principal.
Los tablones de madera oscuros y combados crujieron bajo sus botas, delatando cada uno de sus pasos.
Se dejó caer vestido sobre la cama doble y se frotó la cara con las palmas de las manos.
Poco después, se quedó dormido en medio de aquel refugio bajo el tejado inclinado.