Capítulo 6
Ya de madrugada, el taxi procedente de Heathrow dejó a Christian frente a un edificio de ladrillo oscuro en Wapping, junto a los antiguos muelles, donde Ashcroft entró y la cerró a su espalda con un chasquido seco.
McCabe estaba de pie junto a la ventana, con ambas manos apoyadas en la empuñadura plateada de su bastón, observando la lluvia sobre Londres. No se inmutó ante la brusca entrada.
—Llamar antes de entrar es un vicio de aficionados, Vinther .
Christian cruzó la gruesa alfombra. Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó el pósit amarillo que Diana le había estampado en el pecho y lo arrojó sobre el inmaculado escritorio de caoba.
—Vasili Petróvich Volkov —escupió, apoyando ambas manos en el borde de la mesa e invadiendo el espacio de su jefe—. Ahí tiene su trofeo.
McCabe se giró despacio. Sus ojos grises, fríos y vacíos como dos monedas de plata, bajaron hacia el papel y luego se clavaron en Christian.
—¿Y Diana Valenti? —preguntó, con una expectación apenas perceptible—. ¿Se ha tragado el anzuelo?
Christian le sostuvo la mirada sin un ápice de duda.
—Está fuera del tablero. Nos ha dado el nombre y ha vuelto a su vida doméstica. Ya no es un problema para nosotros ni lo será nunca para los rusos. Hemos terminado con ella.
Eso era lo que necesitaba que McCabe creyera.
Durante el vuelo desde Barcelona, Christian había intentado convencerse de lo mismo.
No lo había conseguido.
—Perfecto —concedió McCabe, impasible.
—Pero tenemos que hablar de su concepto de transparencia.
—No hay nada de lo que usted y yo tengamos que hablar. Usted actúa; yo decido.
—Yo actúo a ciegas, querrá decir —replicó Christian sin retroceder un milímetro—. Me obligó a involucrar a Diana con la excusa de pedirle un pequeño favor aduanero. Lo que omitió decirme es que la multa se pagó en doce minutos desde una cuenta opaca radicada aquí, en la City de Londres.
McCabe no parpadeó.
—Se llama negabilidad plausible, Vinther. Si la Guardia Civil lo detenía en Barcelona jugando a los espías, yo necesitaba que supiera lo menos posible.
Christian sintió el impacto de la lógica aplastante de su jefe, pero no retrocedió.
—Usted ya había rastreado el pago hasta Londres, pero Volkov se ocultaba tras una cadena de intermediarios.
Le faltaba el responsable logístico y no podía cruzar los datos financieros con los portuarios sin entrar en el sistema español y alertar a Moscú.
Por eso necesitaba a Diana. Por eso me utilizó como cebo.
—Necesitaba una puerta trasera local y analógica. Un funcionario que me diera el nombre exacto que aparecía en el expediente del pago de la multa. Y usted me lo ha traído. Un servicio de mensajería impecable.
—¿Mensajería? —Christian apretó los dientes—.
Ya habían rastreado el pago hasta Londres.
Podían haber dado un chivatazo para que los aduaneros españoles abrieran la caja del camión en Santander y confiscaran el arsenal allí mismo.
Pero dejaron que pagara la multa y se llevara las armas solo para que su nombre quedara registrado.
¿Qué pasa con el riesgo inminente para el norte de África del que me habló?
—Lo llamamos gestión de amenazas, Vinther.
Si interceptamos el cargamento en España sin saber quién dirige la red, buscarán puntos ciegos que no podremos controlar.
—McCabe levantó el bastón un centímetro del suelo y lo dejó caer.
El golpe sordo pareció absorber el oxígeno de la sala—. Ahora sé quién es Volkov.
—Entonces me toca a mí la fase dos —exigió Christian, irguiéndose—.
He cumplido la misión. He establecido el vínculo logístico.
En la galería me dijo que, si le traía el nombre, yo sería quien rastrearía al ruso hasta el ferri.
Me corresponde ir a Tallin. Puedo conseguir el Registro Báltico, el archivo que documenta toda la operación: las rutas de los cargamentos, los pagos y los nombres de los intermediarios.
McCabe lo observó en silencio durante dos largos segundos.
—¿Usted conseguir el Registro Báltico? No sabe de qué está hablando ni comprende la complejidad de la misión. Irrumpe en mi despacho indignado porque no soporta la compartimentación de la información y porque le escuecen los remordimientos por haber utilizado a su amiga española.
—Es una cuestión de control táctico. Si me manda a ciegas...
—Lo mando a ciegas porque no tiene estómago para ver cómo funciona esto por dentro.
Usted cree que el espionaje consiste en salvar el mundo.
No es así. Consiste en administrar el desastre.
Y acaba de demostrar que, como le advertí en la galería, sigue siendo esclavo de sus amistades y de sus remordimientos.
—McCabe alargó una mano y guardó el pósit en el interior de su chaqueta cruzada—. Se acabó su prueba.
La sentencia le cayó a Christian como un golpe seco.
—¿Qué?
—El nombre es mío. La operación es mía .
—¿Y la maldita fase dos?
—No me levante la voz. Recuerde mis palabras: «Quizá, y solo quizá». Por ahora, será mejor que se mantenga fuera del tablero. Váyase a casa. Cobre su cheque a fin de mes y olvide este asunto. ¿Queda claro?
Christian se quedó inmóvil durante un segundo. La humillación le quemaba la garganta, pero sabía que discutir o alzar la voz solo confirmaría el diagnóstico de McCabe: seguía siendo un aficionado. Un mensajero con demasiados sentimientos.
Tragó saliva y sofocó el fuego.
—Cristalino, jefe. Ha sido un placer hacerle de cartero.
Dio media vuelta y salió del despacho sin mirar atrás, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria.