La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 5
8%

Capítulo 5

La noche de Barcelona se colaba por el ventanal de la habitación, mezclada con los reflejos del Puerto Olímpico y el rumor amortiguado del mar.

El Hotel Arts ofrecía esa clase de lujo aséptico y silencioso que a Christian siempre le resultaba útil para aislarse del ruido, pero aquella noche ni siquiera los cristales insonorizados lograban apartarlo de su propio fracaso.

Llevaba rato sentado en el borde de la cama, con la camisa desabotonada y los pies descalzos. Frente a él, sobre el escritorio, descansaba la carpeta que McCabe le había entregado en Londres. La había hojeado tantas veces que el papel parecía más cansado que él.

«El plan es sencillo: vaya a España, convénzala, consiga lo que necesitamos y vuelva».

Sencillo , se dijo, esbozando una sonrisa carente de humor. Diana no era el tipo de persona a la que se pudiera manipular con media sonrisa y una historia a medida. Se lo había dejado dolorosamente claro.

Miró el teléfono de la mesilla. Aún no había llamado a McCabe.

Tenía que hacerlo, por supuesto. Marcar el número seguro, admitir que había fracasado en la prueba para ser «agente de campo» y aceptar que seguiría siendo el chico de los recados.

McCabe buscaría otros canales dentro de la aduana española.

Y, sin embargo, una parte de él se sentía extrañamente aliviada. Diana quedaba descartada. Fuera del tablero. A salvo.

Se puso en pie, fue hasta el minibar y se sirvió un dedo de whisky . Alzó el vaso hacia la luz y observó cómo su reflejo se deformaba sobre la superficie ámbar. Entonces, un golpe seco en la puerta lo hizo girarse.

—¿Sí? —dijo en inglés, alzando la voz.

—Christian. Abre.

El corazón le dio un vuelco.

Dejó el vaso en la mesa con demasiada brusquedad. Miró por la mirilla y se encontró a Diana al otro lado.

Abrió.

—Buenas noches.

—Eso está por ver —dijo ella—. ¿Me dejas pasar?

Christian se apartó.

—Adelante. Siempre me ha gustado recibir visitas locales.

Ella echó un vistazo rápido al interior, al minibar y a la carpeta sobre el escritorio.

—Cierra.

Él obedeció. Giró el pestillo y se cruzó de brazos.

—Si esto es una redada de la Guardia Civil, deberías haber traído refuerzos. No suelo quedarme a solas con mujeres en habitaciones de hotel .

—Tu sentido del humor sigue siendo igual de penoso que en 1992.

—Es mi forma de decir que me alegra verte.

Diana se quedó en el centro de la habitación, sin desprenderse de la chaqueta fina que llevaba sobre la blusa.

Christian notó que su propia sonrisa empezaba a pesarle y dejó que se borrara.

—Has abierto el expediente de Santander —aventuró él, midiendo el tono.

—Y resulta que tenías razón. El camión frigorífico existió. La empresa pantalla también.

—Pensé que habías dejado bastante claro que no ibas a ayudarme.

—Y no pensaba hacerlo. Hasta que me di cuenta de que, para poder llamarte mentiroso a la cara, necesitaba la confirmación oficial.

Él arqueó una ceja.

—Acabas de admitir que mi historia era cierta.

—Me vendiste un aburrido caso de fraude fiscal. Tabaco, quizá. Piezas de automóvil introducidas para evadir aranceles.

—Es un caso comercial. Te lo dije.

—¿Ah, sí? Un simple contrabandista cuyo camión supera en seis mil kilos el peso declarado. Seis mil kilos de más, Christian. Eso no son cajas de Marlboro.

Él se apoyó contra la pared.

—Un error de cálculo en la aduana. No sería la primera vez que una báscula vieja...

—¿Seis mil kilos de más son un error de cálculo?

¿Me estás tomando el pelo otra vez? Eso no son cajas de tabaco ni piezas de contrabando destinadas a evadir aranceles.

Eso apunta a seis toneladas de acero. Me plantaste frente a un terminal del Estado para que tirara del hilo de una red de tráfico de armamento ruso, haciéndome creer que era papeleo de oficina.

Sabes perfectamente que, si alguien detecta mi acceso, no me van a mandar una advertencia de Recursos Humanos.

—Nadie va a detectarlo. Solo te pedí un nombre en una pantalla.

—El problema no es el nombre. El problema es la multa.

Christian frunció el ceño.

—¿La multa?

—La Guardia Civil retuvo el camión. Doce minutos después, llegó un télex bancario desde Londres. Doce minutos —recalcó—. Procedía de una sociedad opaca con residencia fiscal en la Federación Rusa.

Christian sintió que el suelo cedía un milímetro bajo sus pies. Se obligó a no pestañear. Londres. McCabe no había mencionado nada de una cuenta en Londres.

—Vaya. Parece que alguien tenía prisa.

—No me trates como a una imbécil. Nadie pone en marcha desde Inglaterra una estructura financiera en tiempo récord para un vulgar contrabandista. No estás investigando a ese ruso. Estás persiguiendo a alguien que tiene la bendición de gente muy poderosa. Y a mí no me vas a arrastrar a tu basura.

Levantó la mano y le estampó un pósit amarillo contra el pecho. Él lo atrapó antes de que cayera.

—Vasili Petróvich Volkov. Ahí tienes el nombre de quien autorizó el pago para que liberaran el camión en el puerto de Santander.

—Diana...

—No —lo cortó, dando un paso atrás—. Me has mentido y me has usado. Pero te equivocaste en una cosa al dejar ese papel en la máquina de café: pensaste que bastaba con ponerme una incógnita delante para que corriera detrás de ti sin hacer preguntas.

—¿Y qué vas a hacer ahora? —preguntó él, con la respiración contenida.

—Irme a casa.

—¿Así, sin más? Tienes la prueba en la mano. Si de verdad no quisieras saber nada, no habrías venido a estas horas hasta aquí para darme este nombre en persona.

—Te lo doy para saldar la deuda —sentenció ella—. Para que cojas tu maldito nombre, te subas a un avión y desaparezcas de Barcelona. Te llevas tu trofeo a Londres. Yo me bajo aquí.

—Pero...

—Tengo una vida, Christian. Tengo una mudanza a medias, un trabajo seguro y un hombre maravilloso que me está esperando en casa para cenar. Un hombre que no me miente. Quédate con tu guerra.

Él escrutó su rostro en busca de la agente indomable que recordaba. Pero solo vio a una mujer agotada, aferrada a su rutina y a su instinto de supervivencia. La parte más profunda de él, aquella que temía haber vuelto a arruinarle la vida, exhaló un suspiro invisible. Estaba a salvo.

—Haces bien —murmuró él, metiéndose el pósit en el bolsillo—. Vuelve a casa. Olvida ese nombre y no mires atrás.

—Ya lo he olvidado.

Se dio la vuelta y salió al pasillo sin despedirse. Christian se quedó a solas en el centro de la suite . Caminó hacia el minibar, recuperó el vaso y dejó que el whisky le anestesiara la garganta.

Una mujer que solo quería volver a casa no rastreaba télex bancarios a esas horas. No atravesaba Barcelona para exigir respuestas. No retenía en la memoria el dato de seis toneladas sin justificar ni seguía haciendo preguntas después de entregar el nombre.