Capítulo 4
Diana no se movió hasta mucho después de que Christian desapareciera por el pasillo. Se quedó mirando la fotocopia abandonada junto al vaso de café, como si el simple contacto con aquel papel bastara para devolverla a la vida que tanto se había esforzado en enterrar.
Sintió rabia, primero. Rabia por aquella sonrisa y por su descaro al dejarle aquella hoja y marcharse convencido de que la conocía lo bastante bien como para saber qué haría.
Alargó la mano, cogió el papel y lo dobló con demasiada brusquedad.
—Vete a la mierda —murmuró, sin saber si se lo decía a Christian o a sí misma.
Abrió el bolso para guardarlo. Al deslizar los dedos hasta el fondo, rozó el otro objeto envuelto en papel de seda: el cilindro de plástico. Dos rayas. Positivo.
Apretó la mandíbula y cerró la cremallera de un tirón seco. Aquel papel y el test de su embarazo quedaron atrapados en la misma oscuridad.
Permaneció de pie, mirando la puerta por la que Christian acababa de desaparecer.
Diana no sabía exactamente para quién trabajaba Christian Vinther y quizá eso era lo único que no había cambiado en dos años.
En Barcelona se había presentado como intermediario de varios periódicos londinenses y había acabado esfumándose vestido con un uniforme de tripulante de cabina de British Airways, dejándola con más preguntas que respuestas.
Ahora volvía con la historia de un camión retenido en Santander.
Una empresa pantalla. Una multa pagada con demasiada rapidez.
Todo aquello podía ser una verdad a medias; de Christian esperaba exactamente eso.
Pero, si de verdad alguien estaba utilizando una sociedad pantalla para evadir millones a través de los puertos españoles, ella no podía mirar hacia otro lado.
Su sentido del deber seguía intacto.
Se dio la vuelta y recorrió el pasillo a zancadas.
Entró en su despacho, no encendió la luz principal y se dejó caer frente a la pantalla oscura. Encendió el terminal. Mientras la pantalla parpadeaba, descolgó el auricular del teléfono, se lo encajó entre el hombro y la oreja y llamó a Roberto.
—¿Diana? Oye, ¿estás bien?
—Lo siento muchísimo, cariño —dijo ella. Sus dedos ya volaban sobre el teclado, introduciendo su clave alfanumérica personal—. Me han retenido en la oficina. Cierre trimestral de tránsitos, ya sabes.
—Vaya... Acabo de llegar a tu piso y estaba a punto de hacer la cena. Pensé que a estas alturas del mes la cosa estaría más tranquila en el puerto.
El terminal aduanero de la Agencia Tributaria despertó con un parpadeo verde. Diana introdujo la razón social que Vinther le había dado: Costa Azul Investments, S. L.
—Al revés —respondió con voz estable—. Se me ha cruzado un tránsito antiguo con una incidencia en Santander y los números no cuadran.
El sistema procesó la consulta y mostró el DUA de tránsito línea a línea: expedidor, destinatario, mercancía declarada, oficina de paso y procedencia.
TALLIN, ESTONIA.
Junto al número del documento aparecía una referencia añadida por la aduana de Santander:
«INMOVILIZACIÓN POR CONTROL DE PESO. PARTE GC-TRÁFICO. GARANTÍA DE CONTINUACIÓN DE VIAJE».
—¿A qué hora vienes, entonces? —Roberto no disimuló su decepción—. Intenta no llegar muy tarde. He traído las muestras de tela para el sofá. Tenemos que elegir un color hoy para encargar los muebles del piso.
Diana pulsó la tecla de avance. El terminal no contenía una copia del expediente completo, sino solo el resumen transmitido desde Santander y el número del télex mediante el cual una agencia de transporte había acreditado el depósito exigido para levantar la inmovilización.
—Lo sé —murmuró ella—. Te lo prometo. Es solo hoy.
Colgó el auricular despacio. La mercancía declarada consistía en componentes ligeros para equipos frigoríficos. El parte de la Guardia Civil de Tráfico registraba, sin embargo, una diferencia de más de seis mil kilos entre el peso declarado y el registrado en la báscula.
El aire de la sala pareció enfriarse. Aquello demostraba que la declaración era falsa y que ocultaba una carga pesada imposible de conciliar con la mercancía declarada o con un simple fraude fiscal.
Anotó el número del télex y abrió el registro interno de garantías.
La pantalla tardó unos segundos en recuperar el mensaje recibido desde Santander.
El depósito había sido presentado por una agencia española en nombre de Costa Azul Investments, pero la orden de pago procedía de una sociedad londinense.
Londres.
Vaya coincidencia , pensó.
En el campo de representante autorizado figuraba el nombre de la persona que había dado la orden y asumido la responsabilidad económica: Vasili Petróvich Volkov. Residencia declarada: Federación Rusa.
El latido de la cicatriz se intensificó. Tenía una declaración falsa, seis toneladas sin justificar, una sociedad pantalla y un ciudadano ruso que había autorizado el pago con una rapidez incompatible con cualquier procedimiento normal.
Christian Vinther acababa de dejarle en bandeja exactamente el tipo de hilo que llevaba meses buscando.
Diana se recostó en la silla. La voz de Roberto aún le latía en las sienes. Las muestras de tela para el sofá. Si él supiera que, mientras le ocultaba un test de embarazo positivo, ella estaba consultando sin autorización un expediente aduanero vinculado a un ruso y a una sociedad londinense.
Agarró un bolígrafo, arrancó un pósit amarillo y anotó con caligrafía tensa: «Vasili Petróvich Volkov».
Dobló el papel y apagó el monitor de un golpe.
La oscuridad engulló el despacho. Cogió las llaves del coche y salió a las calles de Barcelona.
No iba a volver a casa a elegir el color de un sofá.
Puso rumbo al Hotel Arts. Iba a arrancarle la verdad a Christian de la garganta.