La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

Christian observó a través de la cristalera cómo el calor deformaba la silueta de los camiones alineados frente a la aduana.

Había comprobado tres veces las dos salidas, el torno de seguridad y lo que ocurría a su espalda a través del reflejo de la cristalera.

La cuarta inspección era solo una excusa para no mirar hacia el pasillo por el que aparecería Diana.

McCabe lo había enviado para utilizarla.

Christian todavía no había decidido qué mentira contarle.

Había evitado ponerse en contacto con ella durante dos años por un miedo absurdo a hacerle daño si se acercaba demasiado a su vida.

Así que los intentos de llamarla o de responder a sus llamadas habían quedado en eso: intentos.

La última vez que la vio fue en un avión rumbo a Gales.

Dos años de silencio que terminaban hoy.

El zumbido del torno de seguridad rompió el murmullo de la recepción. Christian se giró.

Diana cruzó el control de acceso. Llevaba una blusa ancha de lino claro, pantalones oscuros y el pelo rizado recogido con prisas. No había rastro del uniforme verde, pero la forma de clavarle la mirada seguía siendo exactamente la misma: segura, desafiante y cargada de reproche.

Él se tomó un segundo para disfrutar del efecto de su aparición y se ajustó los puños de la americana de lino beige hecha a medida.

Se había puesto demasiado perfume. Sándalo, ámbar y la cantidad exacta de arrogancia necesaria para entrar en una habitación convencido de que todos acabarían mirándolo.

—Christian Vinther —soltó ella al llegar a su altura, en un inglés perfecto.

Él no se disculpó por no haber llamado en dos años. En lugar de eso, desplegó una sonrisa teatral y se inclinó hacia delante en una reverencia exagerada.

—Diana. Valenti —declamó, enderezándose despacio—. Todo. Un. Honor.

Ella cruzó los brazos.

—¿A qué debo la visita?

—Pasaba por el Mediterráneo y pensé… ¿No me vas a invitar a un café?

—¿A qué has venido? —cortó ella, congelando la broma en el aire caldeado del vestíbulo.

Él se tomó su tiempo.

—Necesito un favor. Pequeño. Nada espectacular. —Ante el muro de su mirada, rebajó el tono—. ¿Me das cinco minutos?

—¿Has volado desde Londres para pedirme un favor que no es espectacular?

Él asintió una sola vez.

Ella no cambió de postura .

—Cinco minutos —concedió—. Tú dirás.

—¿Podemos incluir un té o café?

Diana respiró hondo y señaló hacia un lateral del vestíbulo público, lejos de las miradas de los guardias de la entrada.

—Sígueme.

La siguió por un pasillo deslucido hasta una zona de descanso flanqueada por macetones con plantas de interior. Ella echó unas monedas en la ranura de la máquina expendedora y el líquido oscuro comenzó a llenar un vaso de plástico.

—Toma. Quema —dijo, ofreciéndoselo sin rozarle los dedos.

Él lo cogió con cuidado.

—¿Y tú?

—Si bebo esto ahora, no duermo.

Él se llevó el borde a los labios, pero el calor lo obligó a apartarlo. Diana lo observaba en silencio, como quien mira a un animal salvaje que se ha colado en un jardín.

—Dos años de silencio y apareces aquí —dijo ella—. Tus postales de «espero que te vaya bien» fueron muy eficientes.

—No sabía cuánto querías seguir conectada a «aquello».

—¿«Aquello»? —repitió ella, con un gesto leve en la comisura de la boca—. Una forma muy británica de decir «la peor semana de mi vida».

El recuerdo de las bombas previas a los Juegos Olímpicos y de la corrupción dentro de su propia unidad se interpuso entre ellos, espesando el aire .

—Hiciste bien en entregar la placa. No te merecían —dijo él. Su tono había perdido la ironía de golpe. Era la única verdad que le iba a contar en toda la tarde—. Pero confieso que no esperaba encontrarte en un muelle mercantil, sepultada bajo papeles.

—Ese no es asunto tuyo.

Él se percató de que Diana rozaba nerviosa la costura del pantalón. Su mirada se detuvo en el destello metálico de un anillo en su dedo anular.

—¿Y eso? —preguntó, señalando el anillo con la barbilla—. Enhorabuena, supongo.

—Se llama Roberto. Han pasado dos años. La gente sigue con su vida.

Él escrutó su perfil. Veía en ella el sueldo de funcionaria, la calma pactada y también la huida. Pero seguía reconociendo a la mujer que se había lanzado contra un vehículo en marcha para rescatar a un niño con la pistola en mano.

—Claro que sí. La rutina, las visitas a la suegra…

—Christian, ¿qué quieres?

Él borró la sonrisa por completo. Sacó de la americana una fotocopia sujeta con un clip oxidado.

—Un periódico británico está investigando nuevas rutas de contrabando en el...

—Mentira —lo cortó ella de raíz—. No me vengas con cuentos de periodista. La última vez que nos vimos servías café en un avión. Ve al grano o me voy a mi casa.

Christian tragó saliva.

—Hace semanas, un camión frigorífico procedente del Báltico fue retenido en el puerto de Santander.

Irregularidades documentales en la aduana.

Lo soltaron en cuestión de minutos tras pagar una multa astronómica.

—Dejó el papel sobre la superficie metálica de la máquina de café—.

«Costa Azul Investments, S. L.». Esa empresa es una pantalla, Diana.

Alguien la utiliza para introducir mercancía sin declarar en España y evadir millones en impuestos. Contrabando a gran escala.

—¿Y?

—Busco el nombre del hombre que pagó esa multa. Aparece en el DUA que tienes registrado en la base de datos central. Prometí que no era nada espectacular.

—Lo que me pides sigue siendo un delito de revelación de secretos. Está penado con inhabilitación absoluta.

—Quiero que me ayudes a saber quién es el pez gordo.

—No. No voy a jugarme la vida que he construido para alimentar tu cuenta bancaria.

—Diana…

—No lo haré —repitió. Y esta vez levantó la barbilla.

Christian sostuvo su mirada. Los ojos oscuros de Diana eran un muro infranqueable en la superficie.

Pero él operaba en las grietas y conocía la principal fisura de la mujer que tenía enfrente: su necesidad casi enfermiza de conocer la verdad y hacer justicia.

Diana prefería quemarse a vivir con una incógnita.

No recogió el papel. Lo dejó allí, apoyado junto al vaso de café.

—Me alojo en el Hotel Arts. Habitación 412.

Sé que no te jugarías el puesto por mí. —Hizo una pausa calculada—.

Pero también sé que no vas a poder dormir esta noche sabiendo que una sociedad pantalla vinculada al Báltico está introduciendo mercancía por los puertos españoles mientras tú te conformas con mirar hacia otro lado.

Se dio la vuelta y caminó hacia la salida. No necesitaba girarse para comprobar si había ganado. Recordaba a la perfección ese silencio tenso y eléctrico que quedaba a su espalda.

Era el sonido exacto de una jaula a punto de abrirse.