La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

El turno había terminado hacía cuarenta minutos, pero para Diana Valenti la Zona Franca seguía siendo un lugar mucho más seguro que el piso vacío al que tendría que mudarse en unas semanas.

Especialmente hoy.

Llevaba diez minutos mirando fijamente la misma línea de código aduanero en la pantalla de fósforo verde, mientras jugueteaba inconscientemente con la cremallera del bolso.

Fuera, la inmensa explanada del puerto hervía bajo el sol de finales de septiembre.

Montañas de contenedores cocinándose sobre el asfalto.

Dos golpes secos en el marco de la puerta la hicieron reaccionar. Molina estaba apoyado en el quicio. Llevaba la camisa empapada bajo las axilas y la prisa del viernes en la mirada.

—¿Aún sigues aquí, Valenti? —suspiró—. A partir de las cinco, los ordenadores son propiedad exclusiva del Estado. Y el Estado ya no te paga a esta hora. Déjalo estar.

Diana intentó devolverle la sonrisa, pero el gesto no pasó de un intento.

—Estoy cerrando unos tránsitos. Ya casi termino.

—¿Otra vez con los contenedores de tabaco? Llevas dos semanas con el mismo entramado de empresas pantalla. Has revisado todos los documentos aduaneros, los DUA, has marcado los flujos… Es papeleo. Déjalo estar.

Ese era el mantra del edificio: «Déjalo estar».

Tras el caos de los Juegos Olímpicos de 1992, Diana se había exiliado a Gales para acompañar a su abuela durante una temporada.

A su regreso a España, buscó refugio en la burocracia aduanera.

Lo que empezó como una tirita para curar las heridas de su etapa operativa, acabó cristalizando en una relación estable con Roberto y una rutina que estaba a punto de volverse permanente.

Déjalo estar , se dijo.

—Solo quiero que los números cuadren.

—Vete de una vez. Roberto llamó ayer porque no cogías el teléfono. A este paso, vas a tener que hacer la mudanza tú sola.

El nombre de su novio flotó en el aire estancado del despacho.

Diana deslizó la mano bajo la mesa hasta rozar el cuero de su bolso. Dentro guardaba un test de embarazo envuelto en un pañuelo de papel, con dos implacables rayas rojas.

Roberto aún no lo sabía.

Ni ella misma había conseguido pensar en aquellas dos líneas durante más de diez segundos seguidos sin sentir que las paredes del despacho se acercaban.

Esa misma mañana, rodeados de cajas de cartón a medio empaquetar, Roberto le había hablado con ilusión de firmar por fin el contrato de alquiler del que sería su primer piso en común.

No había ejercido presión. Él nunca la habría obligado a nada.

Eso era casi peor.

Todo lo que le ofrecía era bueno. Un piso. Una relación estable. Un hombre decente que la quería sin pedirle que demostrara nada. Una vida limpia después de Barcelona.

El problema no era Roberto.

El problema era que Diana había aceptado cada paso de aquella vida mientras seguía diciéndose que sería provisional.

El trabajo en Aduanas. El piso compartido.

La boda. Había permitido que las pequeñas decisiones se acumularan hasta formar una existencia completa sin detenerse a comprobar si era la suya.

El embarazo convertía lo provisional en definitivo.

Y sabía cómo reaccionarían los demás cuando se enteraran.

Roberto intentaría protegerla. Sus superiores intentarían protegerla.

Todos utilizarían las mejores intenciones del mundo para decidir dónde debía trabajar, qué riesgos podía asumir y qué versión de sí misma tendría permiso para ser a partir de entonces.

Por eso seguía frente al terminal cerca de las seis de la tarde. No porque odiara la posibilidad de ser madre, sino porque se negaba a desaparecer antes de haber elegido.

Si quería regresar a una auténtica unidad de investigación, tenía que demostrar que aún era capaz de trabajar sobre el terreno antes de que su expediente, su cuerpo y las buenas intenciones de los demás decidieran por ella.

—Roberto sabe que hay cierre trimestral —mintió—. En cinco minutos apago.

Molina levantó una mano a modo de rendición y desapareció por el pasillo, arrastrando los pies.

A solas, Diana apoyó la frente en los nudillos. Le faltaba el aire. Se obligó a respirar despacio, consciente de que no podía esconderse en la burocracia toda la noche ni aplazar por más tiempo aquella mudanza. Alargó la mano para apagar el monitor justo cuando sonó el teléfono de sobremesa.

—¿Sí?

—Diana, soy Sonia, de la garita de seguridad. Tienes una visita. Le he dicho que el edificio administrativo está cerrado al público, pero no se mueve. Dice que no es oficial.

Diana se enderezó en la silla. Nadie iba a buscarla al puerto.

—¿Quién es?

—Lo tengo aquí delante. Es un guiri alto plantado en la puerta.

Dice que se llama Christian Vinther. Ahora mismo me está sonriendo, pero no entiende ni una mierda de lo que le estoy diciendo.

No sé de qué lo conoces, pero parece sacado de un anuncio de colonia cara.

Rubio, con unos ojos de un azul que corta la respiración…

La cicatriz de la sien de Diana comenzó a latir con violencia.

De pronto, el calor asfixiante, los códigos de la pantalla, las cajas de la mudanza y hasta el test de embarazo del bolso dejaron de existir.

Aquel nombre la devolvió de golpe a los días previos a los Juegos Olímpicos de 1992. El secuestro, las bombas, el trauma…

—¿Diana? —insistió Sonia—. ¿Le digo que suba?

Podía colgar. Podía irse por las escaleras traseras, meterse en su coche y hablar con Roberto del contrato de alquiler.

—No. Que me espere. Voy yo.

Colgó el auricular despacio. Se levantó, alisó la blusa y caminó hacia la puerta. Algunas tumbas, entendió de pronto, no permanecen cerradas para siempre.