La verdad hundida (Christian Vinther 3) Capítulo 1
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La verdad hundida (Christian Vinther 3)

La verdad hundida (Christian Vinther 3)

Por J. J. Fernandez

© inepub.com

Capítulo 1

Christian Vinther se dirigía hacia la salida del cementerio de Highgate aquella mañana de otoño con una certeza fría clavada en la mente: la próxima tumba que honrara con flores llevaría su nombre.

No había acudido a visitar a nadie. De hecho, llevaba casi una hora caminando entre lápidas victorianas, esquivando raíces y viejos ángeles de piedra, mientras leía las promesas grabadas en ellas.

Esposo amado. Madre inolvidable. Hijo querido.

Se detuvo frente a una lápida cubierta de musgo. El hombre allí enterrado había muerto a los treinta años, la misma edad que Christian cumpliría pocos meses después. Alguien había dejado un ramo de lirios blancos al pie de la fotografía. La inscripción rezaba: «Siempre fuiste suficiente».

Christian apartó la vista.

Aquellas palabras le parecieron una mentira escrita para otros. En la casa de los Vinther, nadie era suficiente por el simple hecho de existir.

Había que demostrarlo cada día.

Metió las manos en los bolsillos del abrigo, dejó atrás la lápida y continuó hacia la salida.

Su jefe lo esperaba en la National Gallery.

Una hora después, John McCabe avanzaba a su lado por la galería.

Seguía siendo alto y delgado, con el cabello sal y pimienta peinado con precisión y el traje oscuro ajustado al cuerpo como un uniforme.

El bastón, rematado por una cabeza de león plateada, golpeaba el parqué una fracción de segundo antes de que McCabe descargara el peso sobre la pierna lesionada.

Bajo el otro brazo llevaba una carpeta gris sin membrete.

En la esquina inferior aparecía estampado un pequeño código rojo: CROWN-6.

Se detuvieron frente a uno de los cuadros más célebres de Turner, gran maestro del romanticismo británico.

El Temeraire , uno de los navíos de guerra más famosos de la Marina Real británica, dominaba la escena: blanco y fantasmal, reducido ya a una sombra de su antigua grandeza mientras un pequeño remolcador oscuro lo arrastraba hacia el desguace bajo un cielo incendiado por el ocaso.

—Fascinante, ¿verdad? —murmuró McCabe con su acento americano—. Combatió en Trafalgar. Sobrevivió a los cañones franceses y españoles. Durante años lo trataron como a un héroe. Y mírelo ahora.

—Si me ha citado aquí para una clase de historia del arte, me equivoqué de traje —respondió Christian, ladeando la cabeza.

McCabe señaló el pequeño remolcador que tiraba del gran barco.

—Lo interesante es eso —dijo—. Nadie recuerda su nombre.

Pero sin él, el monstruo no se mueve. —Se giró.

Christian sintió el peso frío de aquellos ojos grises—.

Tenemos nuestro propio monstruo en el Báltico, Vinther.

Desde la caída de la Unión Soviética, varios gobiernos occidentales están comprando en secreto tecnología militar a oficiales rusos corruptos y sacándola del país antes de que Moscú pueda recuperar el control.

Parte de ese material viaja en ferris civiles desde Tallin, en Estonia, hasta Estocolmo.

Christian volvió la mirada al navío de Turner.

—Una forma bastante creativa de desarmar Rusia.

—Y eficaz.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

—Uno de los intermediarios rusos ha decidido que puede ganar mucho más dinero trabajando por su cuenta. Está desviando parte de ese material y vendiéndolo a terceros.

—¿A quién?

—Hace una semana intentó sacar un cargamento hacia el norte de África utilizando España como puerta de tránsito.

Christian arqueó una ceja.

—¿Armamento ruso en el norte de África?

—En manos equivocadas podría desestabilizar media región. Y tenemos suficientes problemas a las puertas de Europa sin añadir tecnología militar soviética a la ecuación.

Christian abrió la boca, pero McCabe siguió sin darle respiro:

—La Guardia Civil española inmovilizó un camión frigorífico en Santander por exceso de peso. El hombre que dirige la operación entró en pánico y pagó inmediatamente lo necesario para que el vehículo pudiera continuar antes de que alguien decidiera abrir la caja.

—¿Y?

—Cometió un error.

—¿Cuál?

—Dejó su nombre.

McCabe señaló de nuevo el remolcador del cuadro.

Christian lo entendió.

—El remolcador.

—Exacto. Hasta ahora hemos visto el barco, pero no al hombre que tira de él. El nombre que figura en el expediente de Santander puede darnos al responsable de la red.

—Entonces pague a algún mando de la Guardia Civil para que le consiga el folio. Compre al funcionario adecuado. Esa clase de cosas se le dan bien.

McCabe se acercó un poco más.

—Si utilizamos canales oficiales o movemos dinero alrededor de ese expediente, corremos el riesgo de que alguien pregunte por qué Londres está husmeando en una aduana española.

—¿Y qué propone?

—Que alguien autorizado abra el expediente por voluntad propia. Sin pagos. Sin órdenes. Sin que parezca una operación de inteligencia.

Christian negó lentamente con la cabeza.

—No tengo contactos en las aduanas españolas.

—Claro que los tiene. —El bastón de McCabe dio un único y sordo golpe contra la madera del suelo—. Diana Valenti.

¿Diana Valenti?

—¿La han estado vigilando?

—Prefiero decir que nunca perdimos su pista. Después de abandonar la Guardia Civil buscó la vida más segura y predecible que pudo encontrar. Terminó como analista civil en una oficina de aduanas de la Zona Franca de Barcelona.

Christian bajó despacio la mirada. La imagen de Diana en aquel avión a Cardiff, cuando él le dio su número en una servilleta, se coló en el borde del cuadro.

—Déjela fuera de esto.

—Diana Valenti tiene autorización legal para consultar ese expediente. Si lo abre ella, solo es una funcionaria haciendo su trabajo.

Christian se pasó una mano por el pelo rubio desordenado.

—No voy a ir a Barcelona a utilizarla.

—Usted es parte de este juego y le necesito. Puede conseguir esa identidad en veinticuatro horas.

—No.

—¿No?

—Invite a algún enlace suyo del CESID a whisky caro.

McCabe exhaló un suspiro lento.

—Lleva años recordándome que está cansado de ser un simple informante —recordó—. Podría, quizá, y solo quizá, considerar la posibilidad de convertirlo en agente de campo en futuras misiones.

Aquello consiguió su atención.

McCabe lo vio.

—Pero claro, los informantes tienen amigos y remordimientos.

Los agentes operativos tienen recursos. Y la señorita Valenti es su mejor recurso.

—Se acercó un paso más. Estaban a un palmo de distancia—.

Fase uno: vuele a España y consiga que la señorita Valenti abra ese expediente.

Nos dará el nombre del ruso que pagó esa multa.

Y si tiene éxito, consideraré que pase a la fase dos.

—¿La fase dos?

—Seguirá al ruso hasta averiguar qué está haciendo con el resto del material y qué ruta piensa utilizar.

Christian tragó saliva.

—¿Me está ascendiendo a agente de campo?

—No peque de arrogante, Vinther. Si llega a esa fase, usted será mis ojos. No mis manos.

—¿Y quién será entonces sus manos?

McCabe golpeó suavemente el suelo con el bastón mientras sopesaba la respuesta.

—Ese hombre está sentenciado. Es cuestión de tiempo que Moscú o alguno de sus antiguos socios vaya tras él. Tenemos que llegar primero y recuperar el Registro Báltico.

Christian dudó unos segundos.

—¿Qué demonios es eso?

—El archivo clandestino de toda la operación de desarme. Si cae en manos equivocadas, puede demostrar cómo Occidente lleva años sacando tecnología militar de Rusia a espaldas de Moscú.

—¿Y ese ruso lo tiene?

—Creemos que puede conducirnos hasta él. ¿Está ya satisfecho con la información?

El silencio que siguió pesó más que el cuadro entero.

Christian soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo y se tragó el sabor metálico de su propia ambición.

—Le conseguiré ese nombre. Yo me encargo. Usted mantendrá a su gente lejos de Diana.

Su jefe asintió una sola vez, rozó el hombro de Christian al pasar y se perdió entre los turistas hacia la sala contigua.

Christian se quedó a solas.

Ya no miraba el glorioso navío de Turner. Su vista estaba clavada en la gruesa soga que unía al barco con el remolcador. Tensa. A punto de asfixiar a cualquiera que se enredara en ella.

Su misión era clara. Si conseguía la identidad del ruso, sería la puerta de entrada a su ascenso como agente de campo. Era una meta directa y brillante. Pero el peaje exigía traicionar a Diana… de nuevo.