Capítulo 14
El agente de embarque llamó a los pasajeros en lista de espera.
Un ejecutivo ocupó el primer asiento.
El segundo nombre no obtuvo respuesta.
Diana apretó la tarjeta provisional entre los dedos.
—Señorita Valenti —llamó el agente de embarque. Ella se acercó—Queda un asiento en la fila veintiocho. Solo puede llevar equipaje de mano.
—Me sirve.
El agente imprimió la tarjeta definitiva y se la entregó.
Diana se colocó al final de la fila. Se dejó el abrigo puesto, se subió el cuello hasta rozarse la mandíbula y bajó la cabeza como si buscara algo en el bolso.
Los pasajeros avanzaron.
Quince metros.
Diez.
Cinco.
Christian saludó al hombre que iba delante de ella .
—Buenas tardes, señor. Bienvenido a bordo.
El pasajero cruzó la puerta.
Diana dio un paso.
Christian le indicó con la mano por dónde seguir.
—Buenas tardes.
Ella percibió su perfume antes de atreverse a levantar la vista: sándalo, ámbar y aquella arrogancia cuidadosamente embotellada que parecía acompañarlo a todas partes.
—Buenas tardes —respondió en inglés, con voz baja y áspera.
Christian miró sus gafas durante un instante.
Diana sintió que el corazón se le detenía.
Una azafata apareció detrás de él con una lista.
—Necesitamos confirmar el catering de Club Europe.
Él apartó la mirada.
—Fila veintiocho, al fondo a la derecha —dijo.
Diana continuó caminando. No respiró hasta que la cortina azul se interpuso entre ambos.
Al llegar a la fila veintiocho, se quitó el abrigo, lo dobló sobre el regazo y se sentó junto a la ventanilla.
Los últimos pasajeros embarcaron. Las puertas se cerraron. Había conseguido subir al avión. Ahora necesitaba descubrir qué estaba haciendo Christian en aquel vuelo.
El avión empezó a retroceder. Diana cerró los ojos mientras aumentaba el rugido de los motores.
Durante unos segundos imaginó que el aparato se detenía y alguien abría la puerta para ordenarle que bajara.
Incluso creyó ver a Roberto al otro lado de la ventanilla, preguntándole qué demonios estaba haciendo .
Nada ocurrió.
El avión despegó.
Cuando alcanzaron la altitud de crucero, la cortina de Club Europe permaneció cerrada. Diana solo veía las sombras de las azafatas al otro lado y escuchaba el tintineo de la vajilla.
Esperó cuarenta minutos. Después se levantó.
La azafata que atendía la clase turista empujaba el carrito varias filas por detrás. Diana avanzó hacia la parte delantera con una mano sobre el vientre.
—Los lavabos están al fondo, señorita —le indicó la mujer.
—Voy a vomitar.
La azafata miró el carrito, que bloqueaba el pasillo trasero, y señaló hacia delante con resignación.
—Tiene otro a la izquierda. No se detenga en Club Europe.
Diana cruzó la cortina.
Christian estaba inclinado sobre un carrito de servicio, preparando una bebida. Le daba la espalda.
En el asiento 2A, un hombre de estatura media y traje gris miraba fijamente por la ventanilla. No llevaba corbata. Mantenía los hombros rígidos y el maletín negro aprisionado entre los zapatos, como si temiera que alguien pudiera arrebatárselo durante el vuelo.
Christian levantó la cabeza.
Diana ya había apartado el rostro. Se metió en el lavabo y cerró el pestillo.
Volkov , pensó.
No tenía ninguna prueba. Solo contaba con la atención de Christian, la tensión del pasajero y el maletín que no había depositado en el compartimento superior.
Pero había otro detalle. Antes de cerrar la puerta, había visto al hombre del 3D.
Era corpulento, con el cuello grueso y una cazadora de cuero demasiado pesada para la temperatura del avión.
Sostenía abierto un ejemplar del Financial Times .
Sus ojos, sin embargo, no estaban puestos en el periódico.
Observaban el reflejo de Volkov en la ventanilla.
Diana abrió el grifo y dejó correr el agua.
Christian parecía vigilar al hombre del 2A. El hombre del 3D, desde luego, también.
Eso podía significar que trabajaban juntos. O que pertenecían a bandos diferentes.
Se miró en el pequeño espejo. La peluca se había desplazado ligeramente sobre la frente. La ajustó, esperó unos segundos y salió.
Christian estaba al otro lado del carrito.
—¿Se encuentra bien? —preguntó.
Diana se cubrió la boca con un pañuelo.
—Me he mareado.
Él la observó un segundo más de lo necesario.
—Regrese a su asiento. Le llevaré agua.
—No hace falta.
—No era una invitación.
El tono era tan característico que Diana estuvo a punto de mirarlo directamente.
Bajó la cabeza y atravesó la cortina.
No volvió a levantarse durante el resto del vuelo.
Desde la fila veintiocho solo podía ver la tela azul y, de vez en cuando, los zapatos de Christian cuando cruzaba el pasillo.
Intentó ordenar las posibilidades.
El hombre del 2A podía ser Volkov. Christian parecía estar pendiente de él. El pasajero del 3D, sin duda, lo vigilaba.
Si aquel hombre era Volkov, Christian no era el único interesado en él. Y Diana todavía no sabía si el pasajero del 3D pretendía protegerlo, detenerlo o quitarle aquello que estuviera transportando.