Capítulo 11
El momento equivocado
Pasaron la tarde en casa de Gabriel haciendo copias de todos los documentos. Tres copias digitales en tres lugares diferentes.
Había algo diferente en la atmósfera de la casa esa tarde. Algo más íntimo. En algún momento Elena encontró una fotografía en la estantería: Gabriel con un niño de unos diez años. El niño tenía el cabello oscuro y la misma manera de inclinar la cabeza que tenía Adrián cuando escuchaba.
—Tenía doce años ahí —dijo Adrián cuando la vio—. El verano que me enseñó a jugar al ajedrez. —Pausa. —Siempre me ganaba.
—¿Todavía juegas?
—Cuando encuentro a alguien que merece la pena.
La frase se quedó en el aire con más peso del que tenía en apariencia.
* * *
A las siete de la tarde terminaron. Se sentaron en el despacho con el té que Adrián había preparado. La lámpara verde. La casa crujiendo con el viento.
Fue Adrián quien rompió el silencio. No con palabras.
Se levantó para recoger los papeles y al hacerlo pasó cerca de Elena, y en ese movimiento algo ocurrió que ninguno había planeado: se miraron desde muy cerca.
Desde la distancia que está justo en el límite entre el espacio personal y algo diferente.
Elena no se movió. Adrián tampoco.
Duró apenas dos segundos. Suficiente para que ambos entendieran que algo estaba ocurriendo y suficiente para que eligieran, simultáneamente, no hacer nada con ello todavía.
Adrián recogió los papeles. Elena miró hacia la ventana.
En la puerta, Adrián se volvió.
—Elena.
—Dime.
—Echa el cerrojo.
Elena cerró la puerta. Echó el cerrojo. Se apoyó un momento contra la madera fría.
Había algo que no había ocurrido esta noche que en algún rincón de ella había esperado que ocurriera.
Adrián Navarro era alguien que sabía cuándo el momento era equivocado.
Lo cual significaba que sabía también cuándo sería el correcto.