Capítulo 10
La estación abandonada estaba a cuarenta minutos. Elena condujo. Adrián iba en el asiento del copiloto con el mapa de Gabriel sobre las rodillas aunque tenía la ruta en el teléfono.
Hablaron poco. Era la clase de silencio que se da entre personas que han establecido que no necesitan llenarlo todo.
Elena lo notó y pensó que era inusual. Con casi cualquier otra persona el silencio largo en un coche requería gestión. Con Adrián no.
Guardó esa información sin saber exactamente qué hacer con ella.
La consigna número 14 tenía un candado moderno. Plateado. Sin una mota de óxido. La llave de latón con el número grabado encajó a la primera.
Dentro: treinta y nueve páginas de documentación original. Contratos firmados. Transferencias de propiedad. Y al final, la declaración firmada de Isabel Ferrer tres días antes de su desaparición. Tres páginas. Letra apretada. El nombre de quien le había ordenado guardar silencio: Ricardo Valverde.
Y un sobre cerrado. En el exterior, la letra de Gabriel: PARA AMBOS.
Si estáis leyendo esto juntos, significa que lo entendisteis. Significa que confiasteis el uno en el otro. Eso me alegra más de lo que puedo explicar. Tened cuidado. Valverde tiene amigos en lugares que importan. Y recordad: la verdad es paciente, pero vosotros no tenéis que serlo tanto. — G.
Adrián dobló la carta con mucho cuidado y se la guardó en el bolsillo junto al pecho.
Elena miró hacia las vías muertas para darle ese segundo.
Antes de arrancar el coche, con las manos en el volante, Elena dijo:
—Gabriel sabía que nos encontraríamos.
—O lo planeó —respondió Adrián.
—¿Confiar en dos personas que no se conocían?
—Confiar en dos personas que, cuando se conocieran, se entenderían.
Elena arrancó. Y el silencio del camino de vuelta era diferente al de la ida. Más lleno. Como cuando una habitación vacía empieza a tener muebles.