Capítulo 9
Desayuno sin pretextos
El café de la esquina abría a las siete y media. Adrián ya había pedido cuando Elena llegó.
—¿Croissant?
—Con mantequilla.
—Yo también.
Era una conversación absurdamente normal para dos personas que la noche anterior habían recibido amenazas telefónicas. Por acuerdo tácito ninguno habló de la investigación.
—¿Cómo conociste a Gabriel? —preguntó Adrián.
Elena le contó lo del máster. La casa. Los archivos de los años setenta con poca luz. La discrepancia en unos registros de propiedad que había encontrado corriendo convencida de que era algo enorme.
—¿Y qué dijo Gabriel?
—Dijo: «Bien. Ahora busca qué significa eso para la persona que lo perdió».
Adrián sonrió. La sonrisa real, la que Elena ya reconocía.
—A mí me enseñó a leer los silencios —dijo—. Que los archivos mienten no por lo que dicen sino por lo que no dicen.
Elena lo miró.
—Mi abuelo sabía lo que hacía —dijo Adrián.
Elena no preguntó a qué se refería. Lo sabía. Gabriel los había elegido a los dos. Y el hecho de saberlo le produjo algo complicado en el pecho que decidió dejar sin examinar.
—Hay que ir —dijo.
—Hay que ir —confirmó Adrián.
Pero ninguno de los dos se levantó inmediatamente. Pasaron unos segundos extra que a veces ocurren entre personas que no tienen prisa por que termine el momento en que están.