Capítulo 3
El hombre del escenario
La conferencia apareció por accidente, que es como suelen aparecer las cosas que van a cambiar algo.
Buscando información sobre el Proyecto Herencia en la hemeroteca municipal, Elena encontró el nombre.
ADRIÁN NAVARRO. Historiador. Conferencia sobre archivos privados y verdad histórica. Esta tarde, dieciocho horas.
Navarro. El mismo apellido de Gabriel. Y la carta incompleta iba dirigida a A.N.
Elena no creía en las casualidades. Había dejado de creer a los veintitrés años.
Se cambió de ropa y fue.
* * *
El auditorio estaba lleno, lo que ya decía algo sobre Adrián Navarro antes de verlo.
Cuando subió al escenario, algo ocurrió que Elena no supo explicarse. No era atracción exactamente. Era reconocimiento. Como si aquel rostro hubiera estado en algún lugar de su memoria mucho antes de aquella tarde.
Tenía unos treinta y seis años. Cabello oscuro. Una forma de moverse que transmitía calma, no la calma superficial de quien ha practicado hablar en público sino algo más profundo: la calma de alguien que ha tomado sus decisiones y no necesita que nadie las ratifique.
Habló durante una hora. Elena tomó notas aunque a los diez minutos se dio cuenta de que no estaba anotando el contenido de la conferencia.
Anotaba otras cosas.
La forma en que pausaba antes de las frases que importaban.
La forma en que respondía sin la condescendencia académica que algunos usaban como escudo.
Y la forma en que, cuando alguien le preguntó por qué dedicaba su trabajo a casos que nadie quería recordar, se quedó un momento en silencio antes de responder.
—Porque alguien tiene que hacerlo. Y porque me enseñaron desde pequeño que la verdad es paciente. Que puede esperar más que cualquier mentira.
Elena dejó de escribir.
La frase de Gabriel. Exactamente la frase de Gabriel.
No era coincidencia. No podía serlo.
* * *
Lo esperó fuera del auditorio. Diez minutos apoyada contra la pared, convenciéndose de que era una periodista haciendo su trabajo.
Cuando salió rodeado de un pequeño grupo, Elena esperó. Cuando el grupo se dispersó, se acercó.
—¿Adrián Navarro?
Él levantó la vista. Y ocurrió algo que Elena no supo explicarse: algo en su expresión cambió cuando la vio. No de la manera en que cambia ante una desconocida atractiva. De otra manera. Como quien reconoce algo sin saber qué está reconociendo.
Ella sintió exactamente lo mismo.
—Sí —dijo él.
Elena colocó sobre la mesa más cercana la fotografía de Gabriel.
Adrián miró la fotografía. Después la miró a ella. Y en su expresión Elena reconoció algo que había visto muchas veces en personas cuando tocabas el punto exacto de la historia que llevaban años guardando.
Dolor mezclado con alivio.
—¿Dónde encontraste esta fotografía? —dijo en voz muy baja.
—En su casa. Me dejó una llave.
Silencio breve. Del tipo en que dos personas se están evaluando y ambas lo saben.
—¿Tienes tiempo esta noche? —dijo él.
No era una pregunta de cortejo. Era la pregunta de alguien que lleva tiempo sin encontrar a la persona correcta con quien hablar sobre algo que importa.
—Tengo tiempo —dijo Elena.
Y así empezó todo.