Capítulo 4
Cuatro horas
La conversación duró cuatro horas y veinte minutos.
Elena lo supo porque cuando por fin levantaron la vista del café frío y los papeles extendidos sobre la mesa, eran casi las dos de la mañana y el local estaba a punto de cerrar.
Adrián era el nieto de Gabriel. El padre de su madre, que había muerto cuando él tenía doce años. En los últimos meses antes de morir, Gabriel había cambiado: tenía urgencia. Llamaba más. Hacía preguntas raras. Una vez le preguntó si recordaba el nombre de Isabel Ferrer.
—¿Lo recordabas? —preguntó Elena.
—Lo había oído de niño. Como esas cosas que los adultos deciden que los niños no necesitan saber.
Elena extendió el mapa. Las tres marcas en rojo. Adrián lo estudió sin tocarlo.
—¿Fuiste ya a alguno de ellos?
—Solo a la casa. Ahí encontré la carpeta.
—¿Y los otros dos?
—Todavía no.
Adrián asintió lentamente. Después levantó la vista.
—¿Quieres compañía?
Era la misma clase de pregunta directa de antes. Elena lo evaluó un momento. Un hombre que no conocía hacía cuatro horas pidiéndole que lo dejara acompañarla en algo que podía ser peligroso.
Lo razonable habría sido decir que necesitaba pensarlo.
—Mañana —dijo—. La dirección del centro. A las diez.
—A las diez —confirmó Adrián.
Y en el camino a casa, caminando sola por la calle mojada, Elena se sorprendió pensando no en Isabel ni en Gabriel ni en el Proyecto Herencia.
Sino en cómo Adrián Navarro había mirado el mapa.
Como si también él llevara tiempo buscando algo que nadie más veía.