De Roberta para Dolores
Tres años después, pensaba que todo había quedado atrás.
El tiempo, la vida, lo va borrando todo.
Lo bueno y lo malo, hasta que crea un paisaje de recuerdos borrosos en los que ya no se distingue la realidad de las palabras que, como un mantra, repites por las mañanas cada día y cada noche al acostarte para poder soportarte a ti misma.
A fuerza de años, había vuelto a la normalidad. A una normalidad, al menos. A no ser un fantasma que solo transita. A tener algo de ilusión para poder enfrentarme a ese otro día más, y luego al siguiente.
Cuando vi su cara aquella tarde, supe que algo había ocurrido. Algo muy grave, trascendental, algo que te desgarra y pone tu vida patas arriba, para lo que no había marcha atrás.
Me reconocí a mí misma en su rostro convulso.
Habíamos quedado después de misa. Estaba descompuesta, y lo estaría por mucho tiempo, tal vez años. Lo sabía por experiencia. Si alguien podía entender por lo que estaba pasando, esa era yo.
No sé por qué recurrió a mí. Quizás había comprendido el motivo por el que yo me convertí en un espectro sin vida durante años. Simplemente, ató cabos.
Habló poco, no era necesario; rellené los huecos que faltaban por mí misma.
—Una violación es una violación, aunque se dé en la santidad del matrimonio —había conseguido decir mientras las lágrimas recorrían sus mejillas y su voz se quebraba, haciendo añicos sus últimas palabras .
La tomé de la mano y la abracé con fuerza. Continuó:
—No ha sido un error, sabía que era a mi hermana a quien forzaba, lo sé. Pero también sé que no volverá a pasar nunca. —«Nunca», esa palabra fue verbalizada mientras sus ojos me miraban fijos, ahora secos, y proyectaban odio inyectado por fuerza.
Estaba plenamente convencida. Yo la miré y lo entendí de inmediato, sabía lo que había que hacer, pero era su decisión; era indispensable que lo entendiera. Se lo expliqué.
Lo comprendió al momento. Era obvio que lo tenía decidido. Lo había pensado mucho y muy profundamente; venía ya convencida.
Quería que muriera, y que lo hiciera con dolor. Quería poder mirarlo a los ojos y que se sintiera desvalido, indefenso, como se habían sentido ellas cuando ocurrió.
Le indiqué la dosis que debería suministrarle, cómo sería el proceso, pues yo lo había vivido, y que no sería algo fácil de ver. Le expliqué cuánto tardaría en morir.
Ella asintió. Cogió la botellita de ricina con decisión, mirándome a los ojos. Su mano no tembló al tomarla.