La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) De Roberta para Gisela
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De Roberta para Gisela

Era una vecina más, pero de las buenas, de las que no daban mucha conversación ni se metían en tu casa sin avisar.

Era una noche sin luna de invierno, hacía muchísimo frío e iba vestida de blanco.

Ni una lágrima recorría su rostro. Un camisón desgarrado, un labio sangrante y un ojo morado eran las únicas evidencias en ella, y él, claro.

Ensangrentado en el suelo, se encontraba él con un cuchillo clavado en el cuello, como la puntilla que se le da a un cerdo antes de abrirlo en canal.

Supe inmediatamente lo que había pasado y no me lo pensé dos veces. Le dije que se cambiara de ropa, pero no parecía entenderme; se lo repetí por señas. Fue obediente y se la quitó; se desnudó allí mismo en la fría oscuridad de la noche.

Estaba en shock , la llevé dentro, la lavé y la ayudé a ponerse ropa limpia. Cogí su ropa ensangrentada y la uní al cuerpo de él, como un sudario, amortajado con la sangre que él había vertido de ella.

En una carretilla trasladamos el cuerpo hasta mi huerto, detrás de su casa.

La senté paciente, mientras yo hacía un hoyo muy profundo, y lo metimos dentro.

Acabamos justo cuando empezaba a amanecer.

La llevé a la casa y la metí en la cama.

Le dije que no saliera en unos días, hasta que los moratones y magulladuras hubieran desaparecido.

Yo le llevaría la comida mientras tanto.

Seguía en shock .