Compasión
Sonrisa triste
Abrazar sosteniendo
Tono suave
Los días siguientes pasaron como una exhalación.
La noticia corrió como la pólvora. La vox populi había exonerado a Carlos, comprendido a Pepa —excepto mi primo Pedro, que no hacía más que decir que se lo veía venir, no sé muy bien por qué— y puso al padre Damián en la picota.
Su recuerdo en el pueblo quedó mancillado para siempre; su tumba fue profanada con pintadas que lo tachaban de pedófilo.
Mis primos por fin habían regresado de su viaje, y entre fotografías, vídeos y regalos, nuestra sosegada morada acabó convertida en una auténtica casa de locos, cosa que nos vino muy bien a mi tía y a mí, que no queríamos sacar el tema a relucir.
Llegó el día fijado para mi marcha y Rosa se ofreció a llevarme a la estación. Después de despedirme de mis primos, mi tía me abrazó muy fuerte y me preguntó al oído:
—¿Has decidido lo que vas a decirle a John?
—Sí, tía —dije dándole un fuerte abrazo con el que quería expresar lo que ella significaba para mí. Por no ponerme más tonta, me subí al coche, sin calcular, claro, y me pegué un golpe en la cabeza .
Era cierto, había tomado una decisión y, es más, se la había hecho saber a John. Le había dicho que iría a la boda con una única condición: Danny no debería ir.
Mi padre había tenido que elegir por una vez entre su hija y el resto.
Además, le había explicado que esa decisión sería el inicio de una relación más estrecha que mantendría con él y su nueva familia.
Finalicé aclarándole lo que me había costado tomar esa decisión y que lo hacía única y exclusivamente por estar en la vida de mi nuevo hermano.
Iba a tener un hermano. Y esa sensación despertó en mí la necesidad de protegerlo de todo, de todos, pero sobre todo de su propio padre. El mío. No iba a permitir que le hiciera daño. Que le hiciera lo que me hizo a mí.
Para mi sorpresa, mi padre lloró al teléfono. Dijo que sí, que aceptaba mis condiciones y las que hicieran falta. Que quería tenerme por fin en su vida.
Cuando colgué, no pude evitar llorar yo también.
En la estación, Rosa me dio un fuerte abrazo y, enjugándose con disimulo las lágrimas, me dijo con una sonrisa:
—Por cierto, tengo dos noticiones: han sancionado a Ojeda y Miñana se vuelve a Madrid.
—¿Sí? —dije más interesada en la segunda parte que en la primera.
—Sí, por lo visto Ojeda estaba hasta arriba de deudas de juego —agregó mientras yo asentía; que un guardia civil apostara en juegos de azar incumplía varios artículos del reglamento—, y Miñana, por lo visto, se estaba separando de su mujer, pero ha decidido darle otra oportunidad a su matrimonio y regresa a Madrid.
—Ah —dije. «Pues qué bien», pensé.
A punto de poner un pie en el tren, decidí que Rosa se merecía que le dijera unas palabras también o, al menos, yo merecía decirlas.
—Rosa —comencé—, pide un traslado y vete lo más lejos que puedas de aquí, a algún lugar de España donde no puedas volver al pueblo en un permiso.
Carlos no te quiere —continué muy seria—, probablemente no pueda amar a nadie nunca sin ayuda profesional y, conociéndolo, no la pedirá ni la aceptará, aunque se la ofrezcan.
Rosa me miró mientras las lágrimas volvían a rodar por sus mejillas, sin intentar evitarlas esta vez, pero no habló. Nos abrazamos y subí al tren.
Arrellanada en mi asiento, pensé en el daño que habían hecho los cuentos de hadas a todas las niñas durante generaciones. El príncipe misterioso y callado que al final se da cuenta de que está enamorado de la princesa.
«¡Chorradas!», pensé. «Deberían prohibirlos».