Paranoia
Apretar la mandíbula
Transpiración
Piel pálida
Se encontraban todas sentadas en la sala, expectantes. Sus caras mostraban nervios, estupefacción, e incomprensión. ¿Qué hacían ahí?, se preguntaban. ¿Qué iba a decirles?
Yo, por mi parte, una vez las vi sentadas y atentas, comencé mi exposición. Iba a ser larga, tenía a mano un vaso de agua.
—Os he reunido a todas aquí para contaros una historia, y como en todas las historias, hay parte de verdad y una parte, digamos, inventada.
Roberta bufó y estuvo a punto de levantarse para marcharse, pero mi mirada iracunda la detuvo. Ni de coña se iba a marchar después de la que había liado con su mentirijilla.
Había preparado mi discurso en esos términos, y así iba a continuar.
—En la primera parte, la fidedigna, voy a contaros cómo y por qué se produjo el asesinato del padre Damián.
»Casi inmediatamente descartamos que fuera un intento de robo. Las cerraduras no estaban forzadas, no hubo lucha de ningún tipo.
»Que la víctima fuera el padre Damián era casi extraordinario porque, por un lado, los sacerdotes no suelen ser víctimas de asesinato y, por otro, porque él era una persona querida, muy querida en el pueblo.
Mi tía y otra serie de personas me comentaron cómo había ayudado de forma personal a Roberta tras la muerte de su marido, a Pepa en las dificultades que pasó tras la muerte de su hija y de su nieto, y a Gisela con la desaparición de su marido. —Estas se agitaron con mi comentario.
»El caso es que el buen padre Damián estuvo a punto de morir en dos ocasiones anteriores muy cercanas en el tiempo.
Le cayó una maceta en la cabeza que casi lo mata, que podría haber sido un accidente, y después contrajo una salmonelosis.
Salmonelosis de la que se suponía era fácil contagiarse en el pueblo, porque había un foco, un foco histórico.
De hecho, el pobre Carlos había estado siempre en el ojo del huracán, suponiéndose que su granja era responsable de ese problema, hecho que nunca fue probado.
»Para resolver el crimen nos chocábamos una y otra vez con el problema de la oportunidad, impuesto por los horarios de los turnos para cuidarlo.
En las horas establecidas por el forense, en las que debería haberse producido el homicidio, este no podía haberse llevado a cabo, porque cumpliéndose los turnos descritos por los testigos, el homicidio hubiera sido inviable.
»A no ser, claro, que alguien hubiera mentido. Y ahí nos topamos con el siguiente aspecto importante del caso, las mentiras.
Todos mentían. Roberta, Pepa, Gisela, Carlos y hasta Rosa mentían. ¿Por qué lo hacían? ¿Para protegerse a ellos mismos? ¿Eran mentiras piadosas, mentiras irrelevantes que no tenían nada que ver con el caso? ¿O era la mentira del homicida?
Hice una pausa, quería ver los rostros de todas. Todas ellas. Todas mujeres.
—Otro problema que de forma inconsciente me llevaba confundiendo casi desde el principio era la cantidad de mujeres involucradas. Me venía a la mente todo el tiempo la palabra sororidad. Mujeres que, ante la adversidad, se ayudan las unas a las otras… y esto, claro, al final resultó clave.
Todas mis oyentes se revolvieron en sus asientos. Todas estaban involucradas en el concepto de sororidad, aunque todavía no entendieran qué tenía que ver eso con el caso.
—Pasemos, por otro lado, a hablar de los sospechosos según los horarios que ellos mismos indicaron:
»Pepa no había tenido oportunidad de matar al padre Damián, puesto que si Gisela se había marchado a las nueve de la mañana de la casa parroquial como mantenía, Pepa no había podido tener tiempo de matarlo antes de que llegara Marcela a las nueve y diez.
A este factor se añade que ni Pepa ni Gisela tenían motivos.
»Quienes sí tenían motivos, motivos económicos, eran Dolores y Angustias, porque habían resultado ser las beneficiarias de la herencia, pero ellas desconocían este hecho, y ellas no mentían.
»Respecto a Carlos, sí tenía motivos, esa inquina y ese odio ferviente al padre Damián, y, por si fuera poco, no tenía coartada.
Porque su coartada no se pudo verificar.
Con lo que era un buen candidato para ser el asesino.
Pero cuando empezamos a investigarlo, los motivos realmente no eran tan graves.
Os recuerdo que al principio pensábamos que se trataba de la venganza que había llevado a cabo el padre Damián contra Carlos y Juan en represalia por la rotura del jarrón, regalo de su padre.
Si bien llamaba la atención la actitud vengativa del padre Damián, ¿realmente esta era tan grave como para asesinarlo?
»Nos enteramos después de que Roberta, que inicialmente había confirmado la, digamos, coartada de Gisela, también había mentido, ya que aunque casi todas las mañanas veía a Gisela llegar a las nueve y media a su casa, ese día no lo hizo.
Ese día no pudo verla porque no estaba en su casa.
—No quise explicar dónde estaba, no era relevante.
Además, seguramente el resto de mi concurrencia ya lo supiera.
Había mentido por el qué dirán; para Roberta era algo muy importante.
Miré a Roberta, que me devolvió una mirada entre avergonzada y asustada—.
En resumen, ya nadie podía confirmar que Gisela llegara a su casa esa mañana a las nueve y media.
»¿Y si nos planteáramos que Gisela tampoco hubiera dicho la verdad?
Es decir, que no hubiera salido de la iglesia a las nueve, sino a las siete de la mañana.
Entonces ella sí habría tenido tiempo de asesinar al cura, pero también Pepa, que, entonces, no tendría coartada.
Si Gisela hubiera salido a las siete de la mañana, Pepa podría haber asesinado al cura desde las siete hasta las nueve y diez, hora en que llegó Marcela.
»Cuando descubrimos los casos de abusos a Carlos, Juan y Lola, nos enteramos de que Carlos sí tenía coartada, con lo que desaparecía de la lista de sospechosos.
»Lo mismo ocurría con Pepa. Ella sí hubiera tenido motivos para matar al padre Damián, pero Pepa no podía saber este hecho, nadie lo sabía, excepto sus víctimas: Carlos, Juan y Lola.
Y volvemos al mismo planteamiento: si no lo sabía, Pepa no tenía motivos o, mejor dicho, los tenía, pero los desconocía.
Nunca supo quién había violado a su hija y, por tanto, no sabía que el padre Damián era el padre de su nieto.
»Por otro lado, ¡cuánto ricino había por todas partes!
Teníamos ricino en la farmacia, que usaba Roberta para preparar las formulaciones; en el jardín de Pepa, que lo había recibido de su hijo en Canarias, y, según Pepa, en medio pueblo, porque se había dedicado a regalar la planta de flores rojas a quien se lo pidiera.
Pero ¿esto era cierto? Durante el transcurso de nuestras investigaciones, nadie, ni una sola persona, comentó que Pepa le hubiera regalado un esqueje de esta planta. Solo teníamos su palabra.
Esta me lanzó una fría mirada mientras asentía.
»Tras un análisis toxicológico, descubrimos que la ricina había sido la causante del segundo intento de homicidio del padre Damián. Intento que falló. Podíamos, por tanto, descartar a Roberta como asesina. Ella no hubiera fallado en la dosis que, con sus conocimientos, habría sido letal.
»Entonces, ¿quién mató al padre Damián? Solo Gisela había tenido la oportunidad de hacerlo…
si ella estaba diciendo la verdad. Pero Gisela mintió, porque no salió de la casa parroquial a las nueve ese día.
No, ese no era un día corriente. Ese día era lunes y, por tanto, tenía que volver antes para estar a las ocho de la mañana en su casa para esperar a la empresa de gasoil.
Ese era el día en que llegaba la empresa suministradora al pueblo.
Gisela se fue de la casa parroquial a las siete de la mañana.
»El descubrimiento de la mentira de Gisela puso en la palestra de nuevo a Pepa, que no tenía coartada.
Pero tampoco motivos, ¿verdad? Supusimos que averiguó los abusos del cura a su hija después de la muerte del padre Damián, cuando encontramos las fotos escondidas en su armario.
Pero ¿y si no fuera cierto? ¿Y si lo había averiguado antes? No mucho antes, sin embargo.
Pepa continuó con la mirada fija en mí. Era una mirada calculadora. Estaba evaluando si lo sabía o no, si yo sabía que ella era la asesina.
—Pepa averiguó quién era el padre de su nieto, el violador de su hija, no en el momento de la violación ni en el momento de la muerte de su nieto, sino muchos años después, y lo averiguó de golpe, de sopetón, delante de todas nosotras.
Mi concurrencia empezó a ponerse nerviosa, solo mi tía y Pepa permanecieron impasibles.
—¿Qué tonterías estás diciendo, Cris? —protestó Roberta—. Si Pepa lo hubiera sabido antes…
La interrumpí haciendo un gesto con la mano.
—Fue en la merienda con el padre Gregorio y padre Damián —continué con voz firme—.
Ahí, por primera vez se habla del padre del finado.
Oímos al padre Gregorio referirse a él, a sus estigmas y a que obraba milagros, que no sentía dolor.
Él mismo lo había demostrado, según dijo, tocándole dichos estigmas.
Pero la realidad era otra, como muchos otros falsos santos, se agujereaba las manos para abrirse esos estigmas.
Sin embargo, a diferencia de otros, pudo mantener su engaño durante años porque no sentía dolor al hacérselos.
En realidad, no tenía dolor físico alguno, ya que sufría la enfermedad de CIPA, de la que la falta de sensibilidad al dolor es su síntoma principal.
»La CIPA, la misma enfermedad que sufría el nieto de Pepa. La enfermedad que fue letal para su pequeño cuerpecito y que, tras una caída aparentemente sin consecuencias, le produjo esa hemorragia interna fatal por la que murió desangrado ante los ojos impotentes de su abuela.
»Cuando Pepa oyó al padre Gregorio decir que el padre del padre Damián obraba milagros y que no sentía dolor al tocarle los estigmas, sumó dos más dos y resultó que el padre Damián había sido el violador de su hija. A partir de ese momento, su único objetivo fue vengarse.
Pepa permaneció impertérrita, mientras el resto se mantenía en un silencio tal que absorbía el aire de la salita.
—Y todo hubiera salido bien para la asesina, que sabía que Gisela tenía que volver antes ese día porque se comentó en la merienda.
Como digo, todo hubiera salido bien, la asesina habría podido llevar a cabo el crimen sin testigos, pero Gisela tuvo que volver porque había olvidado sus gafas de lectura.
Gafas que, con todo lo que aconteció después, volvió a dejarse en la escena del crimen.
»Así pues, resuelto el asesinato del padre Damián, solo me queda relataros, digamos, la parte inventada. Con este asesinato no habían terminado los homicidios que se habían producido en San Juan de Los Alcázares. Nos encontramos con otros crímenes, perfectamente ocultos, pero a la vista de todos.
Mi público permanecía inmutable, pegado a sus asientos, como si un movimiento en falso pudiera hacer realidad la pesadilla que estaba experimentando. Y yo, desafortunadamente, iba a convertir esa pesadilla en una certeza que destruiría su forma de vida .
—En la iglesia alguien insinuó que el marido de una de vosotras había sido un maltratador, yo automáticamente se lo achaqué a Dolores, ya que Mateo lo había sido. Pero no se referían a Dolores, sino a otra persona.
Esta vez fue Gisela quien me miró asustada.
—Lamentablemente, muchas mujeres sufren malos tratos a manos de sus maridos, no solo en España, también en el resto del mundo.
También en Alemania —continué—. Gunther Müller nunca volvió a su país.
Nunca salió de España. Gisela lo asesinó, probablemente harta de esos malos tratos que no habían desaparecido al cambiar de residencia.
Gisela me interrumpió para aclarar:
—Casi morir en su última paliza. Era él o yo.
—Y alguien te ayudó, ¿verdad? Probablemente Roberta, que vivía al lado. Y Gisela, en agradecimiento, no dudó en auxiliar a otra mujer que necesitaba ayuda desesperadamente la mañana del asesinato del padre Damián: Pepa.
»Cuando Gisela regresó a por sus gafas, el asesinato ya se había producido y Pepa, desesperada, le explicó sus motivos.
Gisela no se lo pensó dos veces: le proporcionó una coartada que, sin esa casualidad, Pepa no habría podido tener.
Ella se arriesgaba a ser sospechosa, pero no le importó, tenía que devolver de alguna forma lo que otra mujer había hecho por ella.
»Solo me queda resolver, por tanto, el foco histórico de salmonelosis en el pueblo.
Para ello tenemos que volver al tema de los niños abusados por el padre Damián.
Carlos, debido a su carácter, tras los abusos se convirtió en alguien tímido y amargado, que no supo reponerse; no tenía ayuda externa para poder salir del trauma que el hecho le había generado.
Pero el caso de Juan, sin embargo, fue diferente.
Su carácter no cambió, siguió pareciendo encantador, alegre y feliz.
¿Cómo supo gestionarlo por sí mismo? No pudo. Se convirtió en un pedófilo, a su vez.
Roberta estuvo a punto de levantarse de la silla.
—Muy probablemente, Roberta lo descubriera.
Roberta, una mujer sumamente inteligente que no podía permitir que la gente lo supiera.
Así que, arrastrada por su ego, decidió acabar con la vida de su marido sin contemplaciones, de raíz, y para ello usó ricina.
Conocía perfectamente la dosis que debía suministrar y que, además, los síntomas serían compatibles con una salmonelosis.
Fue ella la que empezó el rumor del foco de salmonela en el pueblo.
»Años después, y he aquí mi otra suposición, ocurriría lo mismo con Dolores y Angustias. Juntas mataron a Mateo, probablemente, hartas de sus abusos.
—Me forzó —dijo Angustias.
Asentí muy seria, y continué tras unos segundos:
—Dolores y Angustias le pidieron el veneno a Roberta, quien les proporcionó la dosis correcta y, de forma efectiva, el homicidio de Mateo volvió a confundirse con un caso de salmonelosis.
»Así pues, nos encontramos en este punto. Tenemos dos asesinatos que han prescrito, los de Juan y Mateo, y otros dos que no lo han hecho.
Mi tía, sin poder contenerse por más tiempo, tomó la palabra:
—Mira, Cris, si tienes que elegir entre la justicia y la ley, el camino correcto debe ser siempre el de la justicia.
Cerré los ojos y callé por unos segundos.
—No —sentencié. Nadie podía asumir el papel de juez y ejecutar su propia justicia.
Me levanté y llamé a Rosa al cuartel de la Guardia Civil.