La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Duda
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Duda

Mirada hacia el suelo

Aclararse la garganta

Morderse la mejilla

Llegué a casa sin aliento después de subir por enésima vez la maldita cuesta. Desde la puerta grité a mi tía:

—Tía, llama a tus amigas y a Roberta. Diles que es muy importante que vengan todas a casa esta tarde.

Mi tía me miró como si estuviera trastornada. Tuve que insistirle, pero a la postre decidió obedecerme, eso sí, su mirada indicó sin género de dudas que ella me haría caso, pero que yo le debía una explicación, la cual exigió realizadas las diligencias solicitadas:

—Bien, hijita, cuéntame de qué se trata.

Yo había tenido tiempo para reflexionar y decidí que se lo iba a contar todo. Desde el principio. La resolución del caso había sido insólita; me había puesto en una situación incómoda y necesitaba su consejo.

El asesinato, por muy cruel que hubiera sido —todos lo son—, entrañaba la reparación de un daño. Se revertía la situación haciéndose justicia.

Tampoco habría riesgo de reincidencia, no en este caso. Con la muerte del padre Damián, se había iniciado y finalizado la carrera homicida del asesino, pero para la ley, un asesinato es un asesinato. Alguien se había tomado la justicia por su mano.

¿Pero era justo llevar al asesino ante un juez? Un juez que actuaría teniendo en cuenta únicamente las disposiciones establecidas en la ley, absteniéndose de cualquier otra consideración.

Ahí estaba mi gran duda. Justicia o legalidad.

Tras escucharme, mi tía Asun permaneció en silencio unos minutos.

Mis palabras habían hecho mella en ella.

Averiguar por fin quién era el asesino y sus motivos la dejaron sin habla.

Pálida, me cogió la mano. Ahora sí entendió por qué se lo había contado todo y la complejidad que mi pregunta acarreaba.

Se levantó y sacó del taquillón la botella de mistela y dos vasitos. Los llenó y, mientras su dorado coloreaba los pequeños recipientes, dijo:

—Cris, no es fácil responder a tu pregunta y respetaré la decisión que tomes. Pero, ya que pides mi opinión, creo que lo mejor es que dejes las cosas como están.

Acto seguido, se tomó el chupito de mistela de un trago.