La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Optimismo
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Optimismo

Faz brillante

Deglución rápida

Sonrisa mantenida

Pasear era casi tan bueno como dormir para despejar la mente.

El aire fresco me vigorizó, y tras unos primeros minutos en los que el frío casi me obliga a regresar, fui entrando en calor.

Lo que iba a ser un paseo reflexivo por las calles de San Juan se convirtió, en un abrir y cerrar de ojos, en un paseo por el campo.

Atravesé las calles del pueblo, bordeé el cementerio hasta salir del terreno municipal y llegué a uno de los caminos que conectaba con la carretera nacional.

Me sentía completa, por fin había comprendido quién era el asesino, el motivo y los medios. Ahora todas las piezas encajaban, o casi todas. Todavía había preguntas…

¿Existía alguna relación entre el asesinato del padre Damián y las otras muertes? En las de Mateo y Juan, la ricina tenía algo que ver, de eso estaba segura. ¿Eran también homicidios?, ¿el asesino era el mismo?

No. No tenía sentido, el modus operandi había sido distinto. ¿Estábamos tratando con dos asesinos?

¿Qué motivos había para asesinar a Juan? Mateo era una persona vil y habría mucha gente que podría haber tenido motivos para matarlo, ¿pero a Juan?

«Matadlos a todos», había dicho Angustias.

¿Era la frase de una demente o tenía algún sentido?

¿El hecho de que Gunther Müller, el marido de Gisela, estuviera en paradero desconocido implicaba que estaba muerto?

¿Lo había matado Gisela? Ella sola no parecía factible.

Deshacerse de un cadáver no es una tarea sencilla.

De regreso, un coche se paró a mi lado. Era Carlos.

Salió del coche para abrazarme; se había enterado de mi quijotesca defensa.

Por fin se habían retirado los cargos contra él.

Los psicólogos forenses, tras varias sesiones con los niños, establecieron que había sido el padre Damián quien había abusado de los pequeños.

Además, la coartada de Carlos por fin pudo ser corroborada. Carolina Arias prestó declaración y confirmó todo lo que había dicho él desde el principio.

—¿Eras tú al que vi cerca de la iglesia el día en que luego coincidimos en el Bodegón?

—Sí —contestó—. Siempre iba los domingos para recoger a los niños y los acercaba a su casa. Tenía miedo, miedo por ellos.

Se sentó en una piedra grande al lado de la carretera, dejando el coche en marcha y con la puerta abierta. Su mirada se encontraba perdida en algún punto del suelo.

—Nos hacía las cosas después de la misa… —Hizo una pausa, y continuó con la voz temblorosa—: Estaba contento de lo bien que lo había hecho, de todo lo que había transmitido a sus feligreses, y quería compartirlo… el hijo de puta —explicó aplastando con su dedo una hoja seca en el suelo.

Me miró a los ojos y prosiguió:

—Yo no sabía que les estaba haciendo eso de nuevo a los niños —dijo con la voz rota—.

No había tenido otros monaguillos. Juan y yo fuimos los últimos.

Y así había sido por más de veinte años.

Él sabía que yo no era capaz de denunciarlo.

Ni después de tantos años. No era capaz de confesármelo ni si quiera a mí mismo.

—Movió la cabeza—. No, no lo era. Teníamos ese statu quo : él no cogía monaguillos, yo no daba el paso.

Pero todo eso cambió el año pasado. Cuando me enteré, no me lo podía creer.

—Apretó los puños—. Fui a buscarlo y lo cogí del cuello, esa mierda de alzacuellos en el que escupía con sus actos salió volando.

No se asustó; me miró con ojos inocentes, como si no supiera de qué le hablaba, como si no recordara las cosas que nos hizo hacer.

Pero para cuando me marché, me aseguré de que recordara: si tocaba un pelo a los niños, yo lo mataría y, Cris —dijo llorando, fijando sus ojos en los míos—, lo hubiera cumplido.

De haberlo sabido, lo habría matado con mis propias manos.

Cuando se calmó, enjugó sus lágrimas con los puños de su camisa y se metió en el coche. Antes de emprender su camino, me miró y de pronto sentí que el universo volvía a ponerlo en su sitio. Thor estaba de nuevo en él.

Me senté en la piedra que había ocupado Carlos unos momentos antes. Respiré profundamente, estaba en paz. Las cosas empezaban a solucionarse. El hecho de haber sacado a la luz las sombras del padre Damián había aliviado parte de la losa que Carlos portaba desde hacía muchos años. Juan y él.

Juan.

Juan no había cambiado nada. Juan había sido alegre y feliz. No había variado su actitud en todos los años de su vida. Juan que murió de algo como una salmonelosis.