Elación
Risa intensa
Sacar pecho
Músculos temblorosos
De vuelta, recibí una llamada de Miñana en la que confirmaba otro de mis supuestos.
Las piezas comenzaban a encajar en mi cabeza.
El informe de la Policía alemana indicaba que no se sabía nada del paradero del marido de Gisela desde hacía cinco años; de hecho, según sus informaciones, seguía en España.
Eso cambiaba las cosas. ¿Realmente el marido de Gisela había abandonado a su mujer, había desaparecido o alguien lo había hecho desaparecer?
Pero seguía sin comprender qué tenía que ver la desaparición del marido de Gisela con el asesinato del padre Damián.
No veía la conexión. Podía ser que no estuvieran relacionados en absoluto.
Sororidad. Ricino. Salmonela. No. No tenía sentido. Demasiados años de diferencia. Todo me daba vueltas y vueltas en un cerebro que parecía querer explotar.
Llegué a casa pensando en echar una cabezadita. En mi experiencia, lo mejor para un cerebro cansado es dormir. Los pensamientos parecen procesarse y encajan mejor.
Pero, por supuesto, allí estaba la Paca de nuevo en casa de mi tía para frustrar mis planes de un plumazo. Lo de dormir la siesta del borrego quedaba descartado. Con mi tía y ella dándole a la sinhueso en la cocina, por muchas vueltas que di en el sofá, no pude conciliar el sueño.
¿Quién dijo mantén cerca a tus amigos y a tus enemigos más cerca aún? En fin, decidí acompañarlas y me acerqué a la cocina a tomar una cerveza y algo de picar.
—Pues sí, Asun, el niño de la Satur no va a llegar a nada por mucho que su madre se empeñe. Se están dejando un dineral en él para nada.
—Mujer, yo tampoco diría eso.
Aunque me senté con ellas, básicamente me ignoraron y siguieron con su cháchara, y yo desconecté.
—Y del otro, ¿qué me dices?
—Del otro poco se sabe, Paca.
—Pues eso digo yo, que haría falta un milagro porque claro…
Las burbujas de la cerveza ascendían por el cuello del botellín, perfectamente coordinadas con mis pensamientos efervescentes. Mi mente se encendió como de un fogonazo.
Me levanté de un salto y me dirigí a la salita como una exhalación. Sobre la mesa, las estampas de los santos. La primera, la del Niño Jesús.
—Eso es. Ahora todo encaja.
Le di un beso a la Paca, que me miró como si estuviera loca, y salí corriendo hacia la calle. Necesitaba aire.