Fracaso
Mentón hacia el pecho
Falta de contacto visual
Voz quebrada
Cuando me desperté al día siguiente, en la primera persona que pensé fue en Pepa.
Ella debía conocer la existencia de esas fotografías.
Le pedí a mi tía su teléfono; quería hablar con ella inmediatamente.
Mi tía no sabía lo que estaba pasando, pero no me preguntó nada.
Miró el reloj y me respondió que Pepa estaría a esa hora en el cementerio.
Iba todos los jueves a poner flores a su hija y a su nieto.
Había un buen paseo hasta el cementerio y hacía frío, así que me abrigué bien y salí a toda prisa, esperando llegar allí antes de que Pepa decidiera irse.
Me quedaba poco. Una hilera verde oscuro lo hacía visible en la distancia.
El cementerio de San Juan estaba muy bien cuidado. Aquí las visitas eran mucho más frecuentes que en otros lugares. Los vecinos no lo visitaban solo el Día de Todos los Santos, y eso se podía observar en el estado de mantenimiento del cementerio.
Fui atravesando lentamente los pasillos cubiertos con piedrecitas grises, con cuidado de no resbalarme.
Estas crujían con cada uno de mis pasos, adelantando mi presencia a un público inexistente.
Las lápidas, blancas, negras, grises, todas ellas sobrias, me acompañaban tranquilas en un paseo de fotografías antiguas y epitafios lóbregos.
Por fin atisbé a Pepa. Me acerqué a ella en silencio mientras la mujer rezaba de rodillas. Cuando se percató de mi presencia, enjugó sus lágrimas y me saludó:
—Hola, Cris. ¿Me estabas buscando?
—Sí, quería hablar contigo, pero no pretendía molestarte.
—No te preocupes —dijo levantándose.
—Quería decirte… —Empecé la frase, pero no sabía bien como continuarla; opté por ir directa al grano—. Hemos descubierto quién fue el responsable de la violación de Lola.
Pepa se limitó a asentir. Su voz, sin embargo, reveló un ligero temblor al preguntar:
—¿Quién fue?
—El padre Damián.
No me preguntó cómo lo sabía ni si estaba segura. Solo volvió a asentir.
—Después de tantos años… —dijo apretando los puños—. Si lo hubiera sabido antes, lo habría matado yo misma. —Y comenzó a llorar—. Mis niños, mis pobres niños.
Me cogió de la mano, y yo la acerqué a un banco cercano y nos sentamos.
—No sé si sabes cómo murieron mis niños. Mi Lola, tan hermosa. Mi Daniel, tan pequeño, tan inocente.
No quise interrumpirla, así que negué con la cabeza. Tenía que desahogarse. Esperé.
—Violaron a mi niña. A mi Lola. Y como estaba muerta de miedo, no me quiso decir quién la había violado.
¿Cómo iba a decirlo? El cura del pueblo.
Maldito, así se pudra en el infierno, malnacido.
—Y empezó a llorar de nuevo, después sacó su pañuelo y se secó las lágrimas despacio, tranquila—.
Mi niña quedó embarazada y, nada más dar a luz, se quitó la vida.
Pobrecita mía. No supo ver el precioso don que Dios le había mandado para compensarla.
Pero no la culpo. Yo tampoco sé qué hubiera hecho en su lugar.
Daniel nos vino a traer de nuevo la felicidad, pero poco duró.
Nació enfermito. Tenía una enfermedad rara, CIPA se llamaba.
Con ella no se suele durar mucho, ¿sabes?
No se siente dolor, y si no hay dolor, no hay aviso.
Con seis añitos, se cayó de un árbol y se murió el pobrecito sin enterarse; hemorragia interna, dijeron.
Con su marcha acabó para siempre mi felicidad. Nunca más la he vuelto a sentir.
Rompió a llorar.
Tampoco pude yo contener las lágrimas. La acompañé en silencio en su camino a casa.