Resignación
Hombros caídos
Suspiros
Lágrimas silenciosas
Eran fotos. Multitud de fotos. De niños. Muchas de Carlos y Juan, de cuando eran pequeños, desnudos, en posiciones…
Rosa me quitó las fotografías de las manos y las miró brevemente. Su asco se reveló en décimas de segundo, se giró y vomitó allí mismo.
Resbaló hasta el suelo y permaneció allí, balbuceando entre lágrimas.
—Carlos, oh, mi pobre Carlos. Juan. Juanito, Cris, hay fotos de Juanito de niño. Y Lola. También está Lola, la hija de Pepa.
No pude retenerla. En cuanto pudo sostenerse por sí misma, Rosa salió boqueando como un pez hacia la calle. La seguí. El aire fresco nos vino bien a las dos. La abracé y la llevé al callejón de la izquierda. Por allí no solía pasar nadie. Lo último que necesitábamos era público.
—Todo está bien, Rosa. Por fin todo está bien. Ya sabemos lo que les pasó a todos.
—No entiendes nada —me gritó Rosa con la rabia acumulada por los años de desdén de Carlos, del que por fin ahora conocía la causa.
Esa distancia, ese «te quiero, pero no te quiero» con el que la llevaba atando toda la vida.
Por fin ahora entendía, lo entendía todo.
No lo hacía más fácil, quizás era más difícil.
Comprendió que la distancia que Carlos interponía no era un capricho suyo, sino una imposibilidad, una costra de protección que evitaría romper por todos los medios—.
No hay nada que esté bien. —Y me sorprendió con una reflexión que yo no había hecho todavía—: Que Carlos resultara víctima de abusos no lo libera de los cargos.
Es más, implica que pudo ser el abusador de esos niños.
¿No lo ves? La víctima que se convierte en verdugo. ¿Cuántos casos no hay de este tipo?
—No, Rosa, tranquila. De verdad, todo se va a aclarar.
Carlos no tiene el perfil del abusador. Nunca llegó a normalizar la situación.
Su carácter cambió, se avinagró, eso no pasa con las víctimas de abusos que se convierten en abusadores de adultos.
Carlos es inocente… —y añadí mucho más despacio—, al menos en ese caso.
—¿Qué quieres decir con «al menos en ese caso»? —preguntó Rosa anonadada.
—Que, sin una coartada convincente, Carlos tuvo más que claros motivos para asesinar al padre Damián.
—Y no la tiene —concluyó Rosa con la mirada perdida sobre los adoquines del suelo.