La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Asco
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Asco

Palidez facial

Apartar la mirada

Escupir o vomitar

Cuando llegué a la casa parroquial, era noche cerrada y la temperatura había caído drásticamente. Rosa me estaba esperando en la puerta, enrollada en su abrigo, completamente aterida.

—Sí que has tardado… —dijo tiritando—. Estoy helada. Bueno, dime qué es eso tan importante que hay que ver que no puede esperar a que sea de día.

No respondí. Le pedí con un gesto que abriera la puerta y que esperara a ver. Al fin y al cabo, era una intuición que podía resultar en nada.

Cuando entramos, encaminé mis pasos a la habitación del padre Damián. Rosa me siguió en silencio; sabía que estaba muerta de curiosidad, pero debería esperar.

La habitación estaba impecable. Marcela había hecho un gran trabajo con la limpieza, desde luego. Mi mirada voló sobre todas las superficies hasta detectar lo que buscaba.

Me dirigí al armario. Estaba vacío, como esperaba; el nuevo párroco llegaría al día siguiente, lo cual simplificaba mi búsqueda. Con la linterna del móvil en una mano, alumbré como pude el interior del armario .

Al agacharme para acceder mejor a él, Rosa se acercó tanto a mí que noté su aliento en mi oreja:

—Por favor, Rosa, ¡apártate un poco!

—Pero dime qué estás buscando, la curiosidad me mata.

Volví a ignorarla y seguí a lo mío. No estaba segura, pero Marcela durante la entrevista había comentado que entre las cosas que exasperaban al padre Damián, y que ella tenía prohibido tocar, se encontraba su armario.

Palpé la madera con cuidado y noté una pequeña imperfección, apenas perceptible, en el rincón inferior izquierdo.

Como en el armario de casa de mi tía, alguien había sido muy hábil al camuflarla con la veta de la madera, pero allí estaba, una pequeña hendidura.

Hice presión sobre esta y el panel se movió, revelando un hueco oculto. Al iluminarlo, extraje su contenido con cuidado.

—Oh, santo Dios.