Melancolía
Ojos brillantes
Sonrisa ligera
Hombros caídos
Eran las cuatro de la tarde. No había comido, pero no tenía hambre. Caminé con paso lento y la mirada perdida hacia la casa de mi tía Asun. El sonido de mis pisadas en el empedrado romano que todavía se conservaba en algunas zonas de San Juan ejerció un efecto calmante en mi mente.
La bronca de Miñana me había afectado más de lo que quería admitir. No era solo que hubiera hecho el ridículo con la jueza y que hubiera metido la pata al olvidar entregar las cartas. Era algo más. La sensación de haberlo decepcionado… A él.
No estaba acostumbrada a cagarla en el trabajo. Mi vida profesional era básicamente el único sustento de mi autoestima, mi tabla de salvación.
Seguía sin encontrar los motivos que habían llevado al asesino a matar al padre Damián, y si a esto le añadíamos los posibles homicidios de Mateo y Juan, el caso se convertía en algo inabarcable.
Al pasar por la plaza, mi sensación de tristeza se acentuó al recordar cómo había sido allí mi niñez y adolescencia. La plaza había sido el corazón de San Juan, y junto con el imponente ayuntamiento, habían formado el conjunto perfecto .
Por las tardes, la plaza se llenaba de vida con niños corriendo y jugando junto a la fuente, con adolescentes recostados en su césped comiendo pipas y bebiendo limonada, mientras las personas de más edad se sentaban a charlar en los bancos de piedra a la sombra de árboles centenarios.
Pero todo ello quedó atrás en mi memoria.
Como en muchos otros pueblos, la plaza había sido reemplazada por un adoquinado anodino que solo se utilizaba durante algunas semanas al año para festivales y otras actividades, mientras escondía en su subsuelo un parking privado con un uso bastante limitado.
Cuando llegué a casa de mi tía Asun, la pesadumbre me había calado bien hondo, pero no tuve que decir una sola palabra.
Nada más entrar por la puerta, mi tía me leyó como si fuera un libro abierto; me pidió simplemente que le preparara una infusión.
De paso, me hice una también para mí. Las cartas esperarían un poco más en el despacho.
Nos sentamos en la salita en silencio. Observé cómo el vapor emergente de las infusiones desaparecía a pocos centímetros del borde de mi taza, y escuché el suave tintineo de la cucharilla de mi tía al raspar el fondo de la suya en pos de un azúcar ya disuelto.
—Bueno, hijita, ¿me cuentas de una vez lo que te preocupa?
—No es nada importante, tía, he tenido una discusión con el brigada Miñana y me he quedado un poco molesta. Pero de verdad, nada importante.
Mi tía levantó una ceja, me sonrió y, tras un sorbo a su infusión, dejó la taza sobre la mesa.
—¿El brigada Miñana no es ese hombretón tan guapo que viene de Madrid?
—Sí, supongo —contesté sin muchas ganas de seguir esa línea de conversación.
—Mira, hijita, te voy a ser muy sincera, porque, entre otras cosas, si no lo digo reviento y una no está ya pa guardarse las cosas por dentro .
La miré fijamente, no estaba muy segura de lo que iba a decir, pero me olía que no me iba a gustar nada.
—Estás completamente bloqueada. ¿No se dice así en tu jerga?
No has superado lo de tu padre y eso no te permite avanzar.
Desde que rompiste con el inglés ese —estadounidense, pensé a la defensiva— no has vuelto a tener una relación seria.
Sigues sin tomar una decisión respecto a la boda de tu padre, y ha llegado el momento de que lo hagas.
Tu decisión compromete la relación que tendrás con tu futuro hermano.
Tomó aire y continuó:
—El Miñana este te gusta —dijo sin darme tregua—, pero no eres lo suficientemente honesta contigo misma para admitirlo. Abre los ojos, Cris, que la vida te está pasando, aunque tú no te des cuenta.
Esto era lo último que me faltaba por oír ese día.
No tenía fuerzas para discutir. Mis ojos se humedecieron de rabia y tristeza.
Era tan injusto. ¿Qué culpa tenía yo? Danny me había dejado porque yo no quería tener hijos, y no quería tener hijos porque mi padre había sido un desastre como padre.
Era de manual. En mi fuero interno me daba un miedo terrible que yo fuera tan mala madre como él había sido mal padre.
Y Danny se fue. Sí. Se fue por ese motivo.
Pero él no me quiso lo suficiente. No me quiso lo bastante como para quedarse a mi lado, luchar para convencerme.
Se fue, y ahora él sí tenía la vida que quería con otra persona.
Decidí, sin embargo, no decir nada. Me levanté, le di un beso a mi tía en la frente y me arrastré al despacho con mis lágrimas pujando por aparecer para buscar las famosas cartas.