Vergüenza
Rubor en las mejillas
Sudoración visible
Tartamudeo
Recorrí el pasillo lentamente. Me sentía completamente desubicada. Consideré no despedirme de nadie y salir a la calle, pero en el último momento pensé que tal como estaba Rosa, al menos debía despedirme de ella.
Le di un abrazo y cuando estaba a punto de dejar la sala, oí a mi espalda una potente voz que pronunciaba mi nombre. Era el brigada Miñana, quería hablar conmigo en su despacho.
Parecía que ese día infernal no había terminado.
No pronunció una sola palabra hasta que nos sentamos. Si en anteriores ocasiones me había costado descifrar la información que transmitían sus gestos y su mirada, en este caso no había duda. Continuaba con la mirada que me había suministrado en la puerta unos minutos antes.
El enfado no se le había pasado. De hecho, parecía incluso más enfadado.
Mientras él hacía un esfuerzo notorio para buscar las palabras apropiadas, yo me dediqué a revisar el despacho con la mirada.
Su estado corroboró mi juicio previo. Era sobrio, organizado; no había ni un solo papel fuera de lugar.
El único objeto personal era un marco, muy probablemente con la fotografía de su mujer y sus hijos, pero desde la posición en la que me encontraba, no llegaba a verlo.
—Cristina, como creo que sabe, la interrupción de la reunión que estábamos teniendo la jueza y yo hace unos minutos ha sido completamente inaceptable.
De hecho, ha sido contraproducente. Ha empeorado, en mucho, la situación del detenido porque ha sido usted puesta en entredicho.
Su magnífico currículum no ha servido para eliminar las dudas que ya traía la jueza sobre usted.
Lo miré sorprendida. Eso sí que no me lo esperaba. Debió leer en mi rostro mi incomprensión, porque dijo:
—Si recuerda, en la última reunión, usted comentó el contenido de unas cartas que las sospechosas Dolores y Angustias Molinero le habían entregado a usted.
No las trajo ese día consigo y a mí, sinceramente, se me olvidó reclamárselas después.
El caso es que no están en la lista de pruebas que la jueza tiene que valorar.
Solo este hecho, del que, como ya le digo, me siento responsable, nos ha puesto en la picota.
Digamos que su actuación con la jueza y el hecho de que sigamos sin un sospechoso claro, excepto el susodicho Carlos Escudero, le ha permitido a la jueza sugerir que la apartemos del caso.
Vaya tela. Así estaban las cosas. Era impresionante ver cómo todo se podía estrujar hasta que perdiera la forma. Ahora bien, no iba a permitir que un error tonto como ese, bueno, y el otro, pusieran en duda mi profesionalidad. Iba a comentárselo a Miñana de forma tajante, pero no hubo oportunidad.
—No quiero echar más leña al fuego con este tema —continuó en un tono más calmado—.
He logrado convencer a la jueza de que sus aportaciones al caso están acelerando el proceso.
Pero ojo, no voy a permitir otra actitud como la que ha tenido en la sala de reuniones.
Ahora puede marcharse, y recuerde traerme esas cartas lo antes posible .
Asentí como una niña pequeña a la que le habían soltado una merecida reprimenda y aceptaba el justo castigo.
Me levantaba para irme cuando, en el último momento, Miñana me dijo con un guiño:
—Y aléjese de la jueza, por favor.