Confusión
Deglución excesiva
Ojos entrecerrados
Morderse el labio
Desde la sala de observación anexa observé impotente a Carlos a través de las pantallas de televisión en la sala de interrogatorios.
Estaba completamente desconcertado, mantenía su espalda rígida, como si el hecho de relajarla pudiera empeorar su suerte, como si las cosas pudieran ponerse aún más feas para él.
Sus ojos permanecían anclados a la pared, inexpresivos y ajenos al parpadeo incómodo del fluorescente que, de forma intermitente, iluminaba la pequeña habitación, haciéndola parecer por unos segundos un quirófano preparado para operar y, por otros, una lúgubre cueva.
El sonido de la apertura de la puerta me hizo salir de mi ensimismamiento. Entraron el brigada Miñana y Rosa:
—Rosa, explícame qué hago aquí. No entiendo nada —exigió Carlos.
El brigada se adelantó a Rosa, que permaneció en silencio
—¿No ha entendido los cargos? —preguntó Miñana.
—Sí, sí, pero no entiendo qué tienen que ver esos cargos conmigo. Obviamente es un error. Un tremendo error —dijo mirando fijamente a Rosa, quien no pudo sostener su mirada.
—Le explico —dijo el brigada con voz calma—.
El pasado lunes, la señora Carmen Ramírez puso una denuncia contra usted por un posible caso de abusos sexuales a sus hijos, Luis y Pablo.
Como sabrá —continuó—, estas denuncias se investigan siempre, y el forense ha encontrado evidencias que lo confirman.
La cara de Carlos expresaba una mezcla de sorpresa, asco e incomprensión:
—Luis y Pablo… No —gritó—. No, no, no. —Y comenzó a llorar como un niño—. ¡No! —bramó.
—Se han presentado los cargos. Si no tiene nada más que añadir, la jueza del caso le tomará declaración en unos minutos.
Dicho esto, Rosa y Miñana abandonaron la sala dejando que yo observara las migajas de Carlos desperdigadas sobre la mesa.
No, no, no. Todo esto es de locos.
—Esto no va a pasar. Esto acaba aquí y ahora. —Y salí echando humo en dirección a la sala donde narices estuviera la jueza.