La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Orgullo
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Orgullo

Sonrisa cómplice

Ojos brillantes

Mentón alto

Rosa salió de la sala del café arrastrando los pies, con el movimiento del autómata que actúa más por programación que por convicción.

Yo, sin embargo, fui incapaz de moverme. Mi mente la llenaba la imagen de Carlos. Pero no el Carlos adulto, distante y frío, incluso ácido, sino el Carlos niño. Carlos, el defensor de las causas pérdidas.

Recordé la época en que, siendo unos críos, quedábamos después de la siesta y salíamos escopeteados nada más levantarnos porque estábamos como locos por vernos, por estar juntos.

Juan, Carlos, Rosa y yo. Los cuatro mosqueteros.

Jugábamos al escondite, al pillapilla, a la peonza, a la pelota…

y a todo lo que a nuestras cabecitas efervescentes se les ocurría.

Una tarde, Juan se acercó a nosotros corriendo, casi volando; tenía unas zapatillas nuevas. Eran preciosas, blancas, relucientes, estaba feliz. Aunque Juan siempre estaba feliz.

Nos animó a que lo siguiéramos, entre risas, pero el resto nos quedamos un poco rezagados mientras comentábamos la suerte que tenía Juan, porque sus padres, dueños de la botica del pueblo, tenían muchos posibles, como se decía entonces, mientras que el resto teníamos para comer, que no era poco.

Juan dobló la esquina con una radiante sonrisa en la cara, pero se encontró de golpe y porrazo con los Ramones, unos chicos mayores que tenían el mismo nombre y que eran famosos por su ruindad.

Eran bordes y maleducados con los adultos, y crueles con los otros niños.

El mayor de ellos rastreó como un radar el origen de la felicidad de Juan y rápidamente localizó sus brillantes zapatillas. Acto seguido decidió robárselas.

Y en eso estaba cuando lo alcanzó Carlos.

Llegó corriendo a todo lo que daba su cuerpecito enclenque, y con esa misma velocidad, descargó su puño, sin misericordia y con todas sus fuerzas, en el Ramón más grande, que cayó como un coloso todo lo inmenso que era, con el labio sangrante y partido.

Y mientras este permanecía en el suelo, atontado por las nuevas circunstancias, Carlos comenzó a gritarles a todo pulmón que la próxima vez los golpearía a todos.

Era como si el dios Thor lo hubiera poseído. Su voz parecía venir de otro lugar; rugiente, un bramido de otra época. El magullado se levantó todavía aturdido y se marchó despacio, sin darnos la espalda, mientras los otros salieron corriendo sin mirar atrás.

Nunca más nos molestaron, ni aunque estuviéramos solos, era como si supieran que Carlos se vengaría si nos hacían algo a alguno de nosotros.

Luego nos contó, mostrando su espléndida sonrisa, que, si no podías con todos, siempre había que golpear al más fuerte.

—Como en la granja —dijo—, si te haces con el fuerte, los demás animales te siguen.

Era nuestro héroe. No levantaba un metro del suelo y era flaco como un alambre. Creo que Rosa se enamoró de él en ese momento.

Antes de que Carlos cambiara.