Venganza
Entrecerrar los ojos
Mostrar ligeramente los dientes
Labio inferior hinchado
El cabo Mariano Ojeda quería sangre, la llevaba queriendo desde que la inepta de Rosa trajo a esa gorda prepotente a su lugar de trabajo. Pero ahora tenía en su mano conseguirla.
Vio a su herramienta acercándose a la máquina de café. Advirtió que estaba sola por primera vez desde que había llegado esa mañana con toda su corte.
La verdad es que no estaba nada mal para la edad que tenía la señora. Entradita en carnes y con unas buenas formas. Ojeda la había clasificado como de las que se hacen las duras, pero que lo que realmente quieren es que les den caña.
La situación obligaba. Sabía que se lo tenía que jugar a todo o nada, así que fue derecho a por ella. Se aproximó sigilosamente hasta la máquina de café, acercó mucho su cuerpo al de la mujer y, casi rozándola, le dijo al oído:
—Hola, guapa, ¿te puedo ayudar en algo?
La cara de la mujer expresó una mezcla de sorpresa y asco que le hizo arrepentirse de inmediato del tipo de aproximación que había utilizado. Estaba claro que con ella no iban esas cosas, así que decidió cambiar de táctica:
—Perdone, discúlpeme, por favor, la había confundido con otra persona.
La jueza Eugenia Navarro lo miró con ojos achinados.
No terminó de tragarse la excusa que había escuchado, y tampoco entendía que ninguna otra compañera de trabajo tuviera que ser tratada en esos términos, pero consideró dejarlo ahí; tenía prisa y no quería perder el tiempo con un idiota así en ese momento.
No obstante, bajó la mirada a su número de identificación y lo anotó mentalmente.
El cabo Ojeda, que se dio cuenta del movimiento casi imperceptible de los ojos de la jueza, tragó saliva. Se la estaba jugando, pero de todas, todas. Tomó aire. Si había algo que le gustaba en esta vida era el juego. Bueno, allá iba.
—Perdóneme, de verdad. Ahora sí que la he reconocido a su señoría. Claro, como es usted tan guapa, la he confundido con otra muchacha que trabaja aquí. Una hermosura.
La paciencia de la jueza estaba llegando a su límite:
—Dígame qué quiere y no me haga perder más el tiempo, por favor. Aprovecho para recordarle que ese tipo de tratamientos están completamente fuera de lugar en un entorno laboral, más en el cuerpo.
Ojeda empezaba a estar harto de la jueza, ¿quién se creía que era hablándole del cuerpo? ¡Lo que le faltaba por oír! Pero respiró profundamente y continuó con su misión.
—Nada en concreto, su señoría —mintió—. Solo que me pareció recordar que en la lista de evidencias que su señoría se lleva del caso del padre Damián, no se han incorporado unas cartas que creo recordar que se comentaron como prueba.
—¿Qué cartas? ¿Y por qué no tengo yo copia de las mismas?
—Las que se localizaron en casa de las sospechosas Dolores y Angustias Molinero. Le fueron entregadas en mano hace días a Cristina Peterson, ya sabe, la colaboradora civil en el caso, pero no se han incorporado como prueba.
El semblante de la jueza fue transformándose lentamente. Su rostro exasperado se deformó en un rictus de cólera por tanta incompetencia.
Ojeda se apartó lentamente de ella como un felino satisfecho tras relamerse los bigotes a placer.