Desesperación
Voz ahogada
Mirada fugaz
Temblores
Salí del restaurante y me dirigí a paso lento hacia la casa de mi tía.
Se había levantado viento. Y eso era mucho peor que solo frío intenso.
Calculé que la sensación térmica era de cinco grados menos que antes de entrar.
Tras abrocharme el abrigo, con todos los corchetes y botones posibles, me ajusté la bufanda bien al cuello, y retiré la mano de uno de mis guantes lo justo para poder prender un cigarro.
Era curioso no saber si la voluta originada en mi exhalación era el resultado del humo del cigarro o del aire helado circundante.
La desbandada de Rosa tenía que ver con Carlos. Estaba segura. Pero no la culpaba, era muy difícil liberarse de ese tipo de relación.
Durante los dos años posteriores a mi ruptura con Danny, cada vez que veía a una embarazada se me saltaban las lágrimas. Recuerdo que diluviaba, y que un relámpago sucedido de su ronco amigo me provocaron un violento escalofrío. Recorrió mis vertebras de arriba abajo como un nefasto presagio.
No era la primera vez que habíamos tenido esa conversación. Pero sabía que en esa ocasión no podría librarme tan fácilmente. Danny a veces era como una morena: mantenía a la presa entre sus mandíbulas y no la liberaba por mucho que esta se esforzara.
Había visto cómo Danny miraba a una pareja con su niño en brazos en nuestro paseo de regreso a casa.
—Cris, sé que siempre huyes de esta conversación, pero tenemos que hablarlo.
En ese momento, yo ya me sentía acorralada.
Mi pulso comenzó a acelerarse, pero intenté disimular con inocencia, como si no hubiera sabido de antemano a dónde nos llevaría en algún momento aquella conversación, que estaba maldita.
Podrida desde el inicio. Me había seguido toda mi vida, en un éxodo absurdo en el que el final siempre llegaba a destino y el destino era el inicio; en un bucle infinito.
«No estoy dispuesta a perderte», grité para mis entrañas. Tampoco estaba dispuesta a perderme a mí.
Había alargado el momento todo lo que había podido. Me había mentido a mí misma, pensando que él sería diferente. Que él me elegiría a mí.
Pero Danny tenía razón; huía de esa conversación, con la convicción del preso que excava un túnel apuntalándolo cada pocos metros, con la esperanza de que no fuera a desmoronarse.
—Tú dirás —dije a secas, manteniendo mi mirada en sus ojos. Quizás la última mirada que nos ofrecimos el uno al otro.
—Cris, quiero que me digas si vas a querer tener un hijo conmigo.
No hace falta que sea ahora —añadió, solo para postergar la lectura de un veredicto redactado de antemano—.
Dime que sí —dijo con la voz deshecha mientras las lágrimas deformaban su hermoso rostro y brillaban con la fulgurante luz del último relámpago.
Pero no pude decir que sí.