Cansancio
Frotarse los ojos
Tocarse la frente
Mirada al suelo
A pesar de que cuando Rosa me había planteado ir a cenar esa noche no la había estado escuchando atentamente —bueno, no la había escuchado—, cuando por fin capté que se refería a cenar en las Cancelas, la mejor pizzería del mundo, según mi versada opinión, no lo dudé ni por un segundo; una cena deliciosa a base de hidratos de carbono me vendría como anillo al dedo para dar combustible a mi cansado cerebro y desconectar.
Pero claro, la vida siempre nos sorprende.
Mis planes respecto a una agradable cena en la que el asesinato del padre Damián no fuera el plato principal se vieron frustrados. Rosa no me dio tregua. El resultado del informe toxicológico que confirmaba nuestra teoría le había infundido una gran dosis de confianza:
—Entonces está claro, la asesina fue Roberta. Deberíamos estar deteniéndola ahora mismo —dijo con parte de la pizza que estaba masticando, asomando por la boca.
—¿Por qué dices eso? —pregunté sorprendida.
—¿No es obvio? Es la única persona que tiene acceso al ricino y con conocimientos suficientes para prepararlo de forma que se convierta en una sustancia mortal —comentó tras darle un nuevo bocado a la sabrosa pizza morena, una de las especialidades de la casa—.
Me he estado informando. Para conseguir extraer ricina, así es como se le denomina el veneno del ricino, deben tenerse conocimientos notables de química y la única que conocemos que los posee es Roberta.
—Te equivocas. Con una simple búsqueda en Internet se puede obtener esa información.
El punto clave es precisamente ese, Rosa.
Roberta no hubiera fallado. Por otro lado —continué mientras empezaba mi segunda pizza individual, esta vez había elegido la corsa, también deliciosa—, la mitad del pueblo tenía acceso al ricino.
Pepa había estado regalándolo a todo el que se lo pidiera, por lo que el acceso al veneno no nos sirve para cribar a nadie.
—Aunque, pensé para mis adentros si aquello realmente era así.
No habíamos encontrado evidencias que lo sustentaran—.
Lo importante es centrarnos en la víctima —añadí—, y en quiénes podían tener algo en su contra lo suficientemente grave como para asesinarlo. Y ahí, seguimos a oscuras.
—La gente mata por muchos motivos.
—No estoy de acuerdo —dije negando con la cabeza—.
Aunque es cierto que todos podemos asesinar si se dan las circunstancias apropiadas, en la práctica la mayoría de los asesinatos no se dan sin un motivo plausible.
Fuera del ámbito de la enfermedad mental, las personas, vamos a decir normales, no matamos por cualquier razón.
Y en este caso, todavía no hemos encontrado esa razón.
Rosa se revolvió incómoda en su asiento, mi observación le pareció paternalista y yo lo sabía, pero ella no había estado en contacto con otros asesinatos hasta ahora; yo sí.
Estábamos a punto de pedir el postre, cuando le entró una llamada del cuartel. La información que recibió fue lo suficientemente grave como para que Rosa se quedara lívida, y añadió, sin entrar en detalles, que debía volver al cuartel urgentemente.
Le pregunté si la acompañaba, pero respondió tajante:
—No, Cris, termina tu cena tranquila. No tiene que ver con el caso.
Acto seguido, salió del restaurante a toda prisa dejándome con la palabra en la boca.