La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Arrepentimiento
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Arrepentimiento

Frotarse el pecho

Mirar fijamente los pies

Suspiro profundo

La llamada de Rosa confirmando la hipótesis de envenenamiento por ricina había activado mi cerebro entumecido. A resultas de esta confirmación se me planteaban muchísimas preguntas, algunas de las cuales sabía quién podría ayudarme a responder.

Sin darle muchas más vueltas, cogí mi abrigo, me despedí de mi tía que iba a pasar la tarde con Dolores y Angustias y marché en dirección a la farmacia de Roberta.

Las últimas palabras que había tenido con ella no habían sido agradables. Roberta me saludó desde el mostrador con un simple gesto con la cabeza y una mirada enmarcada por unos ojos fríos. Vaya, no me lo iba a poner fácil.

Me vestí de mis formas más profesionales y le dije:

—Necesito que me ayudes con algunas consultas técnicas relativas al caso que estamos investigando.

Su rostro se relajó, asintió e hizo que la acompañara a la planta superior. Había dado en el clavo. Roberta no podía dejar marchar la oportunidad de volver a la normalidad aprovechando mi petición de ayuda.

—Tú dirás —dijo manteniendo una actitud altanera que, sin embargo, yo ya no me creía.

—Necesito que me digas todo lo que sepas del ricino y del proceso de extracción de la ricina.

Sus ojos se abrieron mucho de pronto, y una pequeña mueca de sorpresa apareció en su rostro.

Para una persona normal ese gesto hubiera pasado inadvertido, pero no para mí.

Tomé nota mental del mismo: no era la primera vez que Roberta se planteaba que la ricina tuviera que ver con el caso que investigábamos.

—Supongo que estáis pensando que la ricina está relacionada con el homicidio del padre Damián…

—No terminó la frase, esperaba una constatación por mi parte que no llegó.

No pensaba compartir ninguna información del caso con nadie.

Así pues, continuó—. Sí, es posible —dijo confirmándose a sí misma—.

El envenenamiento por ricina podría producir los mismos síntomas que una toxiinfección por salmonela.

Hizo una breve pausa para ordenar sus pensamientos.

—Sobre lo que me preguntas, de las semillas del ricino se extrae su aceite.

El aceite de ricino no es toxico porque en su proceso de extracción se destruye la toxina de la planta: la ricina.

El uso habitual del aceite de ricino es como purgante, ingerido para aliviar el estreñimiento, y en su uso tópico, para la limpieza facial o hidratación de la piel, puesto que es rico en vitamina E.

»En el laboratorio seguimos extrayendo aceite de ricino que, tras su purificación, embotellamos y vendemos a los clientes.

El proceso es bastante sencillo: una vez que las semillas están secas, las metemos en la prensa de la que extraemos, lo que podríamos llamar, el precursor del aceite.

Es una especie de pasta que contiene también la ricina, la toxina.

»Una vez que se ha extraído el aceite de la pasta, lo pasamos por un proceso de calentamiento y purificación que destruye la ricina.

A partir de ese momento, no es tóxico. —Se detuvo un momento para aclarar—.

No es tóxico si se usa en la dosis adecuada, quiero decir.

Si se usa en grandes dosis, también resultaría toxico, aunque no por la ricina, sino por los principios químicos del propio aceite .

Asentí comprendiendo, pero ese no era el caso. El examen toxicológico había confirmado la presencia de ricina.

—Y sobre la ricina, ¿qué me puedes explicar?

Esta vez Roberta permaneció en silencio y se giró para buscar algo en la pequeña librería que tenía a su espalda. Revisó despacio los títulos de los libros y tomó un volumen bastante pesado: Principios de botánica y aplicaciones .

Lo abrió en su índice y buscó la página que deseaba.

—Espera un momento. Sí, aquí está —dijo—.

Para extraer la ricina del aceite de ricino se utilizan disolventes orgánicos.

Cada semilla de ricino contiene aproximadamente entre 1 y 30 miligramos de ricina por gramo.

Así que una sola semilla podría matar a una persona.

—Y mirándome a los ojos añadió—: Ahora bien, si se busca ese efecto, habría que calcular correctamente la dosis y no sería fácil —explicó con un deje de orgullo en su voz.

Vino a decirme que ella sí podría llevarlo a cabo.

—¿Con orgánicos a qué te refieres? ¿Aguarrás, por ejemplo?

—Pensaba en el hexano, pero sí, imagino que el aguarrás podría funcionar.

Mi cerebro estaba procesando esta información.

Si el aguarrás podía servir, cualquiera con acceso a las semillas podría extraer ricina; si se hacía con una prensa y un par de botellas de aguarrás que se venden en cualquier droguería como disolvente para las pinturas.

Todo sería muy fácil y sencillo. En muchas casas en el pueblo, todavía hoy, se disponía de prensas para elaborar aceite o vino.

Le di las gracias. Cuando me dirigía a la puerta, Roberta me dijo casi en un susurro:

—Escucha, Cris… Yo —balbuceó— no lo hice bien. Lo siento. Fui una egoísta y una irresponsable. Quería que lo supieras.

Volví a asentir, pero esta vez apreté su mano y se la sostuve unos segundos antes de volverme hacia la puerta y marchar llevando conmigo las miles de ideas que bullían en mi cerebro.