La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Indiferencia
68%

Indiferencia

Hombros bajos y sueltos

Mirada perdida

Pausas largas antes de responder

El martes por la tarde, Rosa me llamó para decirme que habían llegado los resultados del informe toxicológico. La sangre del padre Damián era positiva en ricina.

Me anoté otro tanto.

Quedaba de manifiesto que el asesino había intentado acabar con la vida del padre Damián en al menos otra ocasión y que, tras su fallo, tuvo que intentarlo de una manera más contundente.

Demostraba que la necesidad de matar había sido implacable; que, además, el asesino no disponía de conocimientos suficientes para manejar con garantías el veneno, aunque tuviera acceso al mismo, y, finalmente, ponía en duda que otras muertes asociadas a salmonela hubieran tenido lugar.

¿Mateo y Juan habían muerto también asesinados? Pero ¿por quién? Y ¿por qué? ¿Cuál era la conexión entre los casos? No entendía nada, pero en mi cabeza no dejaba de resonar la frase que había gritado Angustias en la casa en ruinas: «Matadlos a todos».

—Cris, ¿sigues ahí? —dijo Rosa al teléfono.

Inmersa en mis pensamientos, no me había dado cuenta de que Rosa había seguido hablando. Miré el móvil, llevaba tres minutos de conversación de los que no había escuchado absolutamente nada.

—Sí, claro —mentí de forma flagrante.

Rosa no pareció creerme y repitió su última frase:

—Digo que si esta noche nos vamos a cenar tú y yo a las Cancelas.

—Sí, perfecto —dije solo con medio cerebro. El otro medio se estaba ocupando de una idea que se me acababa de ocurrir—. Nos vemos a las nueve. Ahora, por favor, pásame con Miñana, necesito hablar con él.

Y al brigada Miñana le pedí que confirmara mi nueva intuición, en este caso, con la Policía alemana.