Gratitud
Tocar a otra persona
Ojos relajados
Sonrisa amplia
El timbre del teléfono convirtió el silbante sonido del proyectil que acababa de disparar en una resonancia estridente e incoherente, pero que le aceleró las pulsaciones hasta llevarla a pensar que estaba sufriendo un infarto.
Salió de su pesadilla recurrente, en la que disparaba y disparaba, pero no acertaba a su objetivo, para abrir los ojos y mirar la hora de su despertador. Eran las dos de la madrugada.
Rosa tomó su teléfono y contestó adormilada a una llamada que se mostraba como desconocida. Tras responder, su dormido cerebro por fin reconoció a la persona que se encontraba al otro lado de la línea. Era el Gordo, del Bodegón.
—Está borracho como una cuba y molesta a los clientes, Rosa.
Ella lo entendió por fin. El Gordo podía haber llamado directamente al cuartel y eso habría significado que Ojeda tuviera más problemas de los que tenía ya en ese instante.
Quedó en que en diez minutos estaría en el Bodegón.
Cuando llegó se encontró al cabo Mariano Ojeda en un estado de embriaguez tal que ni siquiera pareció reconocerla.
Ojeda y ella no eran amigos, ni siquiera lo consideraba un compañero, pero hizo lo que se esperaba de ella.
Consiguió sacarlo del bar sujetándolo, porque este iba dando bandazos e increpando a todo aquel que se encontraba en su camino, y el bar a esas horas estaba lleno.
Cuando por fin se encontraron en la calle, pareció recuperar un poco la compostura:
—Esto… Gracias, pero ya te puedes ir. Llegaré bien a casa.
El aliento rancio le provocó unas nauseas que apenas controló, mientras negaba con la cabeza. Lo acompañaría.
Caminaron en silencio. El gélido aire de la madrugada pareció sacarle de su modorra alcohólica y no hubo más tropiezos en el trayecto.
Cuando llegó a su casa y sacó las llaves, se volvió hacia Rosa, que tenía una respuesta preparada al agradecimiento previsible que Ojeda mostraría en ese instante. Pero no fue así.
—Que sepas que esto no cambia nada. No estoy de servicio, así que ahora mismo no soy tu rango inferior, solo un civil —dijo esto mientras le dirigía una mirada cargada con tanta rabia y repugnancia que Rosa no pudo articular palabra—.
Sigo pensando que eres una zorra sin escrúpulos y que desde que has llegado al cuartel no has hecho otra cosa que joderme.
No esperó respuesta. Entró en su casa y cerró de un portazo. Detrás de ella, varias persianas se alzaron para comprobar qué había sido el ruido que los había despertado de madrugada.
Rosa continuó su camino de regreso a casa en silencio, helada de frío y con lágrimas en los ojos. Cada vez entendía menos a la gente.