Dolor
Palidez
Boca entreabierta
Ojos muy abiertos
Eran cerca de las tres de la madrugada cuando, harta de dar vueltas en la cama, decidí levantarme y preparar una manzanilla.
La cena había sido demasiado copiosa; había aliviado la ansiedad que me había producido el fiasco de reunión y la desaparición de Angustias con un buen atracón que ahora estaba pagando.
Al coger el móvil, me di cuenta de que tenía varias llamadas perdidas de John.
John era como un huracán, cada vez que intentaba regresar a mi vida arrasaba con todo. Hacía mucho tiempo que me había protegido a mí misma de él. Pero esta vez era diferente.
Cuando me soltó el notición me cabreé, mucho.
Tanto que me tuve que contener para no lanzar contra la pared el teléfono último modelo que me había costado casi mil pavos.
No era suficiente con colgarle. Necesitaba romper cosas.
Pero me contuve, como digo, y tras varias inspiraciones profundas, simplemente le bloqueé el teléfono durante un mes.
Ese tiempo fue suficiente como para que ampliara mi perspectiva y empezara a valorar el otro asunto clave asociado al egoísta de mi padre: mi futuro hermano .
Dejé que la manzanilla se fuera enfriando y aparqué el tema en una parte de mi cerebro que yo catalogaba como «mis después», y repasé de nuevo lo que sabíamos del caso.
Si bien era cierto el resumen que había realizado Miñana sobre los resultados que habíamos obtenido hasta aquel día, no estaba de acuerdo en que no hubiera habido avances.
Al menos ahora sabíamos muchas más cosas y había más cuestiones sobre la mesa.
No se había encontrado el arma del crimen, el famoso cuchillo cebollero.
Según comentó Marcela, en la casa parroquial no se disponía de ese tipo de cuchillos; eso implicaba que el asesino tenía que haberlo llevado a la casa parroquial esa mañana con intención de matar. Suponía una premeditación despiadada.
Sabíamos que Carlos tenía un motivo, aunque puede que demasiado endeble, para matar al padre Damián, y nos planteaba la pregunta de por qué en ese y no en otro momento de los últimos treinta años.
Sabíamos que el padre Damián no era la persona amable y cariñosa que yo había creído toda la vida.
Sabíamos que Roberta nos había mentido, lo que, por tanto, ponía en duda el horario de salida de Gisela y, a su vez, la hora a la que Pepa había llegado a la casa parroquial.
Sabíamos que Mateo había sido un mal hombre y que Angustias lo odiaba.
Además, se abrían una serie de preguntas sin respuesta: ¿por qué la imagen de mujeres ayudándose las unas a las otras me generaba tanta desazón?
, ¿mi cerebro veía algo más que sororidad en esa imagen y me advertía de esa manera?
, ¿a qué se refería Angustias con la frase que había gritado en la casa antigua?
, ¿en qué había mentido Gisela?, ¿sabía Roberta que Mateo era mala hierba y por eso había hablado de esa manera de él y de Juan?
, ¿y Juan?, ¿qué problema había tenido Roberta con él?
Hasta donde sabía, Juan había sido siempre encantador .
Por último, lo de la ropa. Si Marcela había visto a Pepa vestida con la ropa con la que aparecía en las fotografías realizadas en la escena del crimen, era muy difícil que en diez minutos Pepa hubiera podido matar al padre Damián y cambiarse antes de que llegara Marcela; porque el asesinato habría manchado sus ropas, sin ninguna duda.
Si Carlos o Gisela hubieran sido los asesinos, se habrían cambiado de ropa sin que nadie se hubiera percatado, por lo que este punto era un callejón sin salida.
Necesitaba un cigarro, así que, con el abrigo bien abrochado sobre mi pijama, un gorro que pillé de la salita y en zapatillas de estar por casa, salí a la puerta de la calle armada con un mechero y mi pitillera.
¿Cómo influía la mentira de Roberta en la respuesta de Gisela?
Podía no ser relevante. Simplemente no la vio ese día llegar a casa.
Pero Gisela había mentido, de eso estaba segura.
Mmm…, cuando la informamos de que, inicialmente, Roberta había confirmado, vamos a decir, su coartada, Gisela se sorprendió.
Ahí había algo, estaba segura. Tantas cosas me molestaban que a veces tenía la sensación de que necesitaba rascarme el cerebro por dentro de los picores que notaba. «Ah, no, es el gorro», pensé sonriendo.
Me lo quité y los picores desaparecieron al instante.
Demasiadas preguntas sin respuesta. Suspiré y tiré la colilla al suelo de la acera, en el pequeño charco formado entre unas baldosas rotas; se apagó al instante.
Observé con otros ojos. Fuego y agua. ¡Gasoil!
Gisela no había llegado a casa a las nueve y media de la mañana ese lunes, sino mucho antes.