La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Angustia
60%

Angustia

Sudoración visible

Retorcerse las manos

Voz temblorosa

Dolores no podía parar de llorar, aunque tuviera los ojos hinchados y enrojecidos de tantas lágrimas. Con voz entrecortada, iba respondiendo como podía a las preguntas de los agentes.

Cuando se levantó de madrugada para tomar un vaso de agua, pasó por la habitación de su hermana y se la encontró vacía. Eran las cuatro de la mañana y no había ni rastro de Angustias.

La búsqueda se había organizado inmediatamente debido a su condición médica, y se había reunido a un gran equipo, al que se habían sumado, además, muchos voluntarios; casi cincuenta personas se habían congregado de forma desinteresada para ayudar a Dolores.

Roberta la abrazaba con cariño, intentando tranquilizarla, pero sus esfuerzos resultaron en vano. Dolores no descansaría hasta que encontraran a su hermana.

Y en ese momento se desvanecieron todas las dudas que nadie pudiera tener respecto a la posibilidad de que Dolores o Angustias hubieran podido ser las asesinas del padre Damián.

Dolores no habría dejado a su hermana sola para matarlo, y Angustias no tendría la capacidad intelectual necesaria para asesinarlo a sangre fría y hacer desaparecer su rastro. No, ellas no eran las asesinas.

La búsqueda se había centrado en los lugares favoritos de Angustias, se había dado parte a tráfico y se estaban recorriendo por carretera los kilómetros que podría haber avanzado ella sola a pie. De momento, sin resultados.

Solo quedaba esperar. Claro que esperar no era lo mío. De pronto, se me ocurrió algo.

Se suele pensar que la gente en una situación de crisis intenta buscar refugio en lugares donde se siente segura, pero otras veces sucede lo opuesto. Me acerqué a Dolores y, tomándola de las manos, la miré a los ojos y le dije muy seria:

—Dime dónde crees que jamás hubiera querido ir tu hermana voluntariamente. No a los sitios habituales o que le agraden, sino todo lo contrario; al lugar donde le sucediera años atrás algo muy duro, algo que hubiera querido borrar para siempre.

Tras unos momentos de vacilación, los ojos de Dolores se iluminaron y enunció con voz firme:

—A la antigua casa.