Enfado
Fosas nasales ensanchadas
Mentón alto
Ojos muy abiertos
Entré en la pastelería el Clavel, y busqué entre las mesas, allí estaba Roberta esperándome mientras removía su café con leche.
Me aproximé a la barra y pedí otro y, además, sin poder resistirme, uno de sus maravillosos pasteles de crema pastelera con mantequilla dulce que me servirían para disolver el amargo recuerdo que acababa de rememorar.
Una vez acomodada, y tras saludarla, le dije:
—Roberta, ni tú ni yo nos andamos con rodeos, así que te lo voy a preguntar directamente.
—Dispara.
—¿Esa noche, la del asesinato del padre Damián, la pasaste con tu asistente? ¿De verdad llegaste a ver a Gisela llegar a casa?
Roberta se tomó su tiempo para responder, bajó los ojos y empezó a juguetear con una servilleta, la dobló varias veces, después la desdobló y, finalmente, hizo una bola descuidada con ella.
—Mira, pues sí, pasé la noche con mi asistente, y no, no llegué a ver a Gisela esa mañana. Ale, ya está dicho —confesó mirándome a los ojos con una actitud un tanto chulesca .
A continuación, interrumpió la reprimenda que esperaba —yo ya había cargado la escopeta—, y continuó:
—¿Qué quieres, Cris? Este pueblo es muy pequeño, el chaval tiene novia y no quería ponerle en un aprieto, y como veía a Gisela todas las mañanas, tampoco pensé que tuviera tanta importancia.
Lo que me faltaba por oír. Apreté la mandíbula y le dije:
—No me llames idiota a la cara, anda. Tú sabías perfectamente que ese detalle era clave y, es más, podría tener un impacto directo en la investigación.
Así que déjate de chorradas. Actuaste de forma egoísta y, si te soy sincera, dudo mucho que tu motivación fuera mantener la imagen del chico.
Creo que tiene que ver contigo y con la opinión que tienen de ti en el pueblo.
—Está bien, Cris, OK. ¿Qué más quieres que te diga?
—Nada, da igual, déjalo —dije sabiendo que no había más que añadir.