La verdad del cuervo (Cristina Peterson 1) Soledad
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Soledad

Mirada anhelante

Hombros caídos

Suspiros intensos

Caminé sin prisa por la calle de Castelar.

Según se decía, el nombre de la calle había sido elegido de una manera bastante curiosa.

El tren que transportaba el féretro del ilustre historiador Emilio Castelar y su comitiva fúnebre hizo una parada en San Juan antes de continuar su viaje hacia Andalucía, donde sería enterrado.

Debido a esa extraña visita y a la importancia del finado, el pueblo decidió nombrar la calle principal en su honor.

Actualmente, se trataba de la calle comercial más importante y estaba abarrotada, como siempre a esa hora.

Bajé la calle en dirección a la pastelería.

En uno de los escaparates, una tienda de fotografía exponía las imágenes de las comuniones, bautizos y fiestas infantiles del año anterior.

Una de ellas correspondía a una niña que podría haber sido yo a su edad: regordeta, pelirroja y con un lazo rojo en su pelo.

Me quedé mirándola ensimismada unos minutos.

Yo tendría unos cinco años, pero lo recuerdo como si fuese ayer.

Era el mes de septiembre, el mes de la feria.

Mis padres me iban a llevar para montar en la noria.

De todas las atracciones, era la que más nos gustaba a los niños.

Era muy alta y se podía avistar a kilómetros.

Sus luces en la noche y en movimiento creaban hilos luminosos y brillantes que se enlazaban formando una espiral de color. Nos encantaba.

Mi madre me había puesto el vestido nuevo que habían confeccionado en el verano entre mi tía y ella.

Era precioso, blanco con lazos bordados en rojo, parecía una princesa —no recordaba haberme sentido así antes—.

Mi madre había completado el conjunto con un hermoso lazo de raso de color rojo que trabó en mi pelo.

Recuerdo que estaba ansiosa porque mi padre volviera del trabajo para que me viera así, la niña más guapa que hubiera visto jamás.

Entretuve la espera dibujando en mi cuaderno.

Mis dibujos solían tener siempre la misma temática: caballos y perritos en el campo que coloreaba con fruición.

El color por lo visto era muy importante para mí.

Mi padre admiraba mis dibujos, decía que lo hacía muy bien.

De hecho, en la universidad obtuve altas calificaciones también en dibujo artístico.

Pero la tarde pasó y mi padre no llegaba. Ya había caído la noche cuando apareció por casa, borracho.

Mi madre le hizo entrar a la cocina. El aliento de mi padre dejó un rastro casi visible en su trayecto hasta allí. Me produjo arcadas. Aun hoy, ese hedor a alcohol agrio me hace vomitar.

Todavía no sabía distinguir el inglés del español. Era tan pequeña… Para mí todo era la misma cosa.

Pude oír a mi madre gritar desde la cocina —no sé en qué idioma— aun con la puerta cerrada.

Sus gritos hubieran atravesado la Tierra hasta llegar a su núcleo.

Mi padre abrió la puerta de la cocina para coger la puerta de la calle.

La furia que había en sus ojos me produjo terror.

Se volvió un segundo y me miró. Su mirada se suavizó.

Yo llevaba el cuaderno con mi dibujo en la mano para mostrárselo, pero no hubo tiempo, se giró y cerró de un portazo tras él, mientras mi madre lloraba en la cocina.

Me arranqué el lazo del pelo, arrastrándolo suavemente a través de mi cabello ensortijado.

Una vez en mis manos, lo deshice lentamente, apreciando la simpleza de su superficie, la perfección del raso liso, y después, lo estrujé con todas mis fuerzas dentro de mis puños, una y otra vez, hasta que su superficie quedó sembrada de horribles pliegues desiguales. Lo tiré al suelo.

No volví a ver a mi padre hasta que cumplí quince años.