Cautela
Cabeza inclinada
Ojos entrecerrados
Labios fruncidos
Dediqué la mañana del sábado a no hacer nada.
Estaba baja de moral. Esa tarde las amigas de mi tía se reunirían como siempre en su casa.
Tomé la determinación de evitar la reunión y, en lugar de llamar a Roberta por teléfono, decidí quedar con ella en persona y tomar un café en el Clavel, con la esperanza de que ella pudiera ayudarme a resolver algunas preguntas que tenía en mente y, de paso, salir y que me diera un poco el aire.
Sin embargo, mi plan no resultó como había esperado.
Dolores y Angustias aparecieron en la casa de mi tía antes de lo previsto y pidieron expresamente hablar conmigo en privado.
Mientras mi tía terminaba de arreglarse, las hice pasar a la salita y, tras acomodarlas, Dolores tomó la palabra:
—Hemos venido un poco antes porque creemos que esto es importante.
—Sacó de su bolso unos documentos bajo mi atenta mirada, cada vez más interesada.
Se trataba de unos sobres de color amarillento—.
Hemos revisado el desván en busca de documentos o fotografías que nos permitieran conocer algo más sobre nuestra relación de parentesco con el padre Damián, como nos pediste, y hemos encontrado estas cartas.
A nosotras nos cuesta mucho leerlas, debido a que la letra está muy apretada y nuestra vista ya no es la que era, pero tal vez en la policía tengan herramientas que les permitan analizarlas.
—Sí, como en CSI —dijo Angustias.
—Sí, cariño, como en la tele —asintió Dolores—. La única conclusión a la que hemos llegado es que nuestra madre y la madre del padre Damián eran primas —dijo entregándome las cartas.
Les di las gracias, tomé los documentos y me dirigí al despacho.
Acto seguido, saqué los folios de sus sobres y me dispuse a leerlos.
Estaban fechados ambos en el año 1963. Los pliegos estaban muy amarillentos y la letra bastante borrosa.
La tinta se había desgastado en algunas zonas por los pliegues y la humedad que habría recibido todo ese tiempo en ese desván.
La letra era difícil, muy pegada una línea a otra; un intento de ahorrar papel, supuse.
Se exhibían multitud de faltas de ortografía y palabras inacabadas que dificultaban aún más su lectura.
Me costó bastante conseguir descifrar la información que querían trasmitir a su destinatario.
De una parte, se confirmaba que la madre del padre Damián y la de Dolores y Angustias eran primas hermanas, pero las cartas dejaban entrever algo más.
La madre del padre Damián le relataba a su prima que estaba asustada por el comportamiento errático que su marido empezaba a mostrar.
Le ponía varios ejemplos: lo de sus estigmas, que ella misma veía cómo se abría en carne por las mañanas y que él luego parecía no recordar; el trato hacia Damián, su hijo, conllevaba cada vez más violencia y lo condenaba por cualquier niñería como pecador impío.
Le explicaba que, aunque ella se consideraba una mujer piadosa, su marido se había convertido en un fanático religioso, y que Dios la perdonara, decía, pero le tenía un miedo atroz.
Me quedé pensativa un buen rato. Volví a introducir las cartas en sus sobres y las coloqué encima de los montones de papeles en los que había ido depositando los documentos para mi simposio. Al día siguiente las llevaría al cuartel.
Después de despedirme de las hermanas y de mi tía, salí de la casa antes de que llegaran el resto de las invitadas.