Sospecha
Frente arrugada
Piel enrojecida
Mirar fijamente
—¿Y dices que el brigada Miñana está casado? —pregunté discretamente mientras mi mirada se perdía en la siguiente chuleta que iba a coger, y de paso disimulaba un poco.
Era viernes noche, y Rosa y yo habíamos quedado para cenar en la bodega-restaurante de un pueblo cercano.
Había pasado la tarde repasando la documentación para las siguientes conferencias mientras mi tía veía un rato la televisión y, sin querer, me había puesto a pensar si Miñana tendría una relación.
Supuse que sí, alguien tan guapo e interesante no podía estar solo.
Rosa rio a carcajadas, mofándose de mí. Por lo visto, mi intento de disimulo no había colado.
—Creo que sí, porque tiene una foto de la familia perfecta en la mesa de su despacho, pero como es tan reservado… no lo sé con seguridad —dijo mientras le hincaba el diente a su segunda chuleta.
Rosa me había propuesto cenar en ese restaurante porque se trataba de un lugar tranquilo, donde podríamos hablar abiertamente del caso sin oídos indiscretos.
Me recogió a las nueve de la noche, puntual como siempre.
Recordé agachar la cabeza antes de entrar en el coche.
A veces mi estatura me hacía sentir incómoda —mi adolescencia fue algo dura por ese motivo; alta como una jirafa y grande como un elefante—; otras veces, sin embargo, mi corpulencia me hacía sentir poderosa.
Si en las anteriores ocasiones en las que me había desplazado con Rosa en coche había mostrado una conducción un tanto impetuosa, al salir del pueblo, por carretera nacional, me pareció literalmente un peligro al volante.
Se encontraba en su salsa. Yo, sin embargo, comencé a ponerme nerviosa.
Intenté hablar lo mínimo, de forma que Rosa pudiera concentrarse en la carretera, pero fue un error.
El hecho de que yo callara la animó: fue describiéndome cada casa, cada edificio, cada campo.
Me contó, con todo lujo de detalles, a quienes pertenecían y la relación que tenían esas personas con otras gentes del pueblo, de las que yo no sabía, ni quería saber, absolutamente nada.
Su atención empezó a dispersarse: señalaba los distintos lugares, gesticulaba con las manos…
Todos mis intentos de que condujera más despacio y más atenta resultaron infructuosos. Con la última curva mal tomada recuerdo incluso que llegué a cerrar los ojos. Necesitaba bajar del coche, necesitaba un cigarro urgentemente.
El pueblo estaba relativamente cerca, por lo que mi sufrimiento duró menos de lo que mis terrores preveían.
En cuanto bajé del coche eché mano a mi pitillera y, si hubiera sido una buena católica, habría besado el suelo. No quería ni imaginar cómo sería la vuelta, cuando Rosa, además, llevara unas cuantas cervezas.
El restaurante resultó ser un lugar muy pintoresco.
Estaba decorado en la forma tradicional manchega, con paredes encaladas en blanco y la consabida cenefa azulona.
Los elementos decorativos eran pequeñas antigüedades, muy probablemente propiedad de la familia que regentaba el local, y que en otro tiempo habrían estado acumulados sin orden en un sótano, pero que ahora, cuidados y lacados, lucían primorosamente, cada uno en la ubicación perfecta.
El local no estaba demasiado concurrido, resultaba acogedor. Nos sentamos en la mesa propuesta por un camarero elegantemente uniformado, al lado de una ventana.
Tras la primera ronda de cañas, y los pinchos que siempre las acompañan en la Mancha, decidimos, antes de comenzar a charlar, pedir los platos en los que consistiría la cena: asadillo de pimientos, mojete de patatas y chuletillas de cordero a la brasa.
Solo entonces nos dispusimos a hablar del caso.
—Vamos a hacer un resumen de lo que tenemos hasta ahora —comenzó Rosa—. Por un lado, tenemos como sospechosas a Pepa, Gisela, Angustias, Dolores y Marcela.
—Medio pueblo —suspiré—. Bien, creo que podemos dejar de lado a Carlos, si su coartada se confirma.
—Sí —afirmó Rosa con un poso de pesadumbre en su voz—, su coartada está confirmada.
En ese momento se acercó el camarero con la comanda. Así que procuré pausar las conexiones neuronales entre mi estómago y mi cerebro, ya que de forma automática comencé a salivar con las viandas que tenía delante.
Aclarándome la garganta, continué:
—Pepa no tiene coartada, pero tampoco tiene móvil. Gisela lo mismo, pero sé que mintió cuando hablamos con ella y se me escapa el motivo. Puede que no tenga nada que ver con el asesinato, pero me chirría, la verdad.
—Gisela sí tiene coartada. Roberta confirmó que llegó a su casa sobre las nueve y media.
—No, Rosa. El forense estableció la hora de la muerte entre las seis y las nueve de la mañana.
De hecho, es Gisela la que más me preocupa.
Si Gisela se fue a las nueve y dejó al padre vivo, el asesinato debería haberse producido justo a continuación, cuando llegó Pepa.
—Interrumpí mi perorata para hincarle el diente a una de las chuletillas de cordero.
Su deliciosa grasa chorreó por las comisuras de mis labios, y me chupé los dedos antes de proseguir con la boca todavía llena—: Lo que no le hubiera dado margen porque a las nueve y diez llegó Marcela.
Eso suponiendo que Gisela hubiera dicho la verdad en ese punto, porque podría haberlo asesinado ella misma antes, desde las seis.
Sinceramente —concluí—, no me parece que sea la asesina, pero desde luego nos ha mentido, y no sabemos en qué ni por qué.
—Además, tampoco tenemos móvil. Nadie parece tener motivos para asesinarlo. Bueno —continuó Rosa tras una pausa—, excepto Dolores, Angustias y Carlos. Pero él tiene coartada, y Dolores y Angustias… no me preguntes por qué, pero no las veo asesinando.
Rosa, ahora sí, hablaba de Carlos como un posible sospechoso. Su coartada le había hecho mella.
—Oh, yo sí las veo asesinando, pero no de forma premeditada.
Sin embargo —hice una pausa dramática para dar un sorbo al delicioso vino afrutado—, alguien sí tiene motivos.
Lo que ocurre es que todavía no los conocemos.
Me voy a tomar el sábado para reflexionar.
Necesito pensar y… —dije acordándome de pronto— también hay algo que necesito aclarar con Roberta.
—¿Con Roberta? —preguntó Rosa muy sorprendida—. ¿Qué tiene que ver ella en todo esto?
—Bueno, es solo algo que quiero confirmar.
Rosa bufó, quería saber lo que tenía que preguntarle a Roberta, pero no pensaba dar mi brazo a torcer.
Necesitaba despejarme yo, antes de poder aclarar nada a otros.
En mi cabeza había cosas que me rondaban sin parar.
La primera la tenía bastante clara y es la que pensaba confirmar con Roberta al día siguiente, pero había otros asuntos más difíciles de desenmarañar.
Por ejemplo, las mujeres y la violencia no eran ni mucho menos una mezcla habitual, y en este caso había muchas mujeres, demasiadas.
Desde que llegué a San Juan había tenido una sensación de sororidad importante, y eso me gustaba. Mujeres que se ayudaban las unas a las otras, que habían permanecido juntas ante las situaciones más duras, pero me preguntaba si esa sororidad no estaba ocultando algo más.
—También hay otra cosa que me preocupa, y mucho —dije intentando apaciguar su enfado—. El asesino lo intentó varias veces. Primero con la caída de la maceta.
—Pero luego… ¿la salmonelosis? —continuó Rosa.
—No, Rosa, no. No hubo ningún caso de salmonelosis, fue descartado por el hospital, fue un intento de asesinato.
Cuando tengamos el resultado analítico de la ricina, se aclarará.
Estoy convencida de que será positivo. El caso es que el asesino lo intentó una y otra vez, hasta que lo consiguió.
Lo que me lleva a pensar… —Volví a quedarme absorta.
—Bueno, el caso es que estamos como al principio —se quejó Rosa—. La semana que viene tenemos prevista una reunión con la jueza del caso, y no sé bien qué le vamos a contar, seguimos sin ningún sospechoso.
—Algo hemos avanzado, Rosa. Solo que todavía no lo suficiente. Tenemos que encontrar todas las piezas antes de poder encajarlas.
Después de la cena, para ayudar a bajar la comida y minimizar los vapores del vino, decidimos dar un paseo.
Bajamos la calle y llegamos a un riachuelo; un agradable sendero iluminado lo bordeaba.
El sonido del agua junto a las cascadas naturales hubieran sido de lo más relajantes si no fuera por el frío que hacía, que calaba hasta los huesos.
—Rosa, tengo otra cosa que no me quito de la cabeza y que tú me puedes aclarar, creo —dije tiritando. Rosa volvió su cara hacia mí y me miró interrogante—. ¿Qué quiso decir Roberta el otro día con lo de que «más se perdió en la guerra», refiriéndose a Mateo y a Juan? —pregunté.
—Pues no sé a qué se refería respecto a Juan, la verdad.
Pero respecto a Mateo… —Hizo una breve pausa, imagino que para buscar las palabras adecuadas, pero por lo visto se lo pensó mejor y habló sin rodeos—.
Era un auténtico hijo de pu ta. Mi padre estuvo a punto de meterlo en el calabozo en más de una ocasión.
Era un borracho y un alborotador. No sé qué le veían las mujeres, pero le dio muy mala vida a Dolores, siempre con líos de faldas y con broncas.
—Hizo otra pausa, esta vez más larga—. Probablemente hasta la maltratara, aunque claro, era otra época.
Hace veinte años la gente desconocía lo que eran los malos tratos.
Una pena, la verdad, pero fue un alivio que la palmara.
—De salmonelosis, ¿no? —dije levantando una ceja.
—Sí, de salmonelosis… —respondió Rosa dubitativa.