Nerviosismo
Movimientos cortos y bruscos
Torpeza
Parpadeo rápido
Si la casa de Pepa estaba casi en un extremo del pueblo en una dirección, la casa de Gisela estaba en el otro, pero en dirección contraria; puerta con puerta con la casa de Roberta.
Rosa conducía un poco enérgica de más para mi gusto. Es cierto que teníamos algo de prisa porque queríamos terminar la reunión a mediodía, pero, aun así, me hizo ir incómoda en el coche.
Gisela abrió la puerta sin que el timbre hubiese llegado a sonar y nos dirigió a la sala de estar. Tras ofrecernos asiento, se acomodó ella también y nos miró expectante.
Rosa tomó la palabra de nuevo, explicándole el motivo de la visita, aunque ambas sabíamos que Pepa ya la habría informado. Yo me limité a escuchar, mi labor en esta ocasión era estar atenta a las expresiones faciales y corporales de Gisela.
Aunque normalmente las palabras que eligen las personas a la hora de comunicarse resultan muy relevantes para decidir si alguien miente u oculta información, en este caso iba a resultar más complicado, porque al ser extranjera, la elección que hiciera de sus palabras se debería más a su capacidad lingüística, que en este caso parecía limitada, que a una selección psicológica.
Debía fijarme más, por tanto, en sus manifestaciones corporales y faciales.
Gisela explicó básicamente lo mismo que había dicho en su declaración inicial, sin embargo, estaba muy nerviosa. Los foráneos siempre se alteran ante la policía; es un acto instintivo, por lo que esos nervios podían no implicar nada en absoluto. No estaba en su país, no era una ciudadana más.
— Llego a las diez y media de la noche, me cambio por Dolores y Angustias. Ellas marcharon en cuanto yo llego .
—¿Cómo vio al padre Damián? ¿Estaba animado?
—Cansado, a esas horas siempre flojo . Después de cenar quedar dormido enseguida.
—¿Qué hizo una vez se hubo dormido?
—Cogí un libro y leí un poco, pero muy pronto yo dormí también.
—¿Sobre qué hora?
—Serían las once y media de la noche, más o menos.
Hasta ese instante, aunque muy nerviosa, Gisela nos había dicho la verdad, pero a partir de ese momento de la conversación, empezó a mentir.
—¿A qué hora se despertó?
—Cuando empezó salir el sol, serían las seis y media. Me levanté prepararle el desayuno y a asearle. Desayunó y sobre las nueve leyendo tranquilo en su despacho —relató mientras se retorcía las manos.
—Sí, sí —dijo Rosa impaciente, todo eso ya lo sabíamos, no estábamos llegando a ningún sitio—. Roberta confirmó que la vio llegar sobre las nueve y media a casa.
El semblante de Gisela mutó de una tensión intensa a una expresión de alivio. Mmmm, ¿qué había pasado aquí?
—¿Notó algo fuera de lo común o que le llamara la atención? —continuó Rosa.
—No, nada. Todo fue igual siempre .
—¿Sabe de alguien que hubiera querido hacerle daño al padre Damián ?
—Llevo días pensando en ello. No. Lo único que se me ocurre es que era un intento de robo, porque en el pueblo nadie querer hacer daño.
—Gisela, unos días antes el padre Damián tuvo un accidente, le cayó una maceta en la cabeza.
—Sí, fue cuando empezar a hacer los turnos entre nosotras.
Rosa asintió antes de preguntar:
—¿El padre Damián vio a alguien? ¿Sugirió algo? ¿Pensó que pudiera haber sido algo premeditado?
—No, que yo saber no.
Justo antes de despedirnos, Gisela preguntó tímidamente por sus gafas de lectura.
Rosa sonrió:
—Bueno, al menos hemos resuelto un misterio. Las gafas de lectura son suyas.
—Sí, me las dejé olvidadas ese día y, claro, ya no poder recogerlas.
—No se preocupe, luego mandaré a alguien para que se las traiga de vuelta.